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martes, 29 de abril de 2014

LA VOLUNTAD y el control remoto... II

                                              

                                        
                       LA VOLUNTAD, EL CONTROL REMOTO, Y El "APOLO 13"


                 Nos podemos hacer alguna pregunta: ¿por qué, y para qué educar la voluntad, con lo que cuesta...? ¿En qué nos puede ayudar?


            Tener voluntad significa plantearnos pequeños objetivos asequibles, e intentar alcanzarlos. Hay que tener la costumbre de vencernos en cosas pequeñas, ser capaces de aplazar una recompensa inmediata..., para adquirir autodominio personal.


          La voluntad nos permite ser dueños de nosotros mismos: tener autocontrol. Usando una metáfora, es como tener un mando a distancia o "un control remoto" de nuestra persona. Nos podemos "manejar" según lo que nos hayamos propuesto, o nuestra inteligencia nos presente como una buena meta. Y no quedar "abducidos" por la dictadura del "me apetece"...


           Permite que tengamos el control, que seamos más libres, y no seamos "esclavos" del capricho, de la comodidad o del egoísmo, del mal genio y de enfados... Porque hace falta luchar por desarrollar lo mejor de cada uno


     Al tener autodominio somos más libres para acometer retos y objetivos. Podemos hacer más cosas sin depender de las circunstancias, de gratificaciones inmediatas, o de nuestro capricho. Y orientarnos hacia metas más valiosas, con perseverancia hasta lograrlo.



            Para hacerlo más gráfico podemos ver un ejemplo cotidiano... Al usar nuestra libertad, podemos enfocarnos en algunos objetivos muy simples como tomar una cerveza con unas tapas. Pero también podemos hacerlo en algo que de más sentido a nuestra vida, haciendo uso de esa libertad, como conectar con los demás, empezando por la propia familia. O, enriquecer las relaciones familiares: tener una cita con el esposo, con cada hijo..., en la que, por supuesto, nos podemos tomar una cerveza. 

           Como señala Viktor Frankl, la auténtica libertad es más una libertad para, que una libertad de... Se trata de pensar metas que merezcan la pena, que nos hagan mejores personas, y que ayuden a los demás. Y las motivaciones son importantes. Por eso, "cuando se tiene un porqué, se encuentra el cómo..."



         De esta forma hacemos que sucedan las cosas: las importantes, las que pensamos y nos proponemos, y así seremos más proactivos, con iniciativa. 



         En resumidas cuentas, es preciso educar la voluntad, para tener autodominio sobre nosotros mismos y ser más libres para poder acometer lo que nos hayamos propuesto. También para que no nos lleve el viento a la menor dificultad...   
             

              Además, todos queremos que nuestros hijos sean fuertes ante la vida, pero no lo conseguiremos si les damos todo hecho para que no sufran..., si hacemos lo que ellos deben hacer para facilitarles las cosas. Si allanamos los caminos. Tampoco si les sobreprotegemos, porque toda ayuda innecesaria ¡es una limitación para quien la recibe!




        Hace falta que se entrenen en superar los pequeños retos y dificultades cotidianas. Y nosotros debemos ir por delante, dando ejemplo, mostrando coherencia. No hace falta que seamos perfectos ni “superhéroes”, sino que nos vean luchar por ser coherentes, por hacer lo que debemos en cada momento.     




                              

                  Educar la voluntad es tener unos hábitos saludables duraderos para que nuestro obrar sea más fácil. Es como tener puesto "el piloto automático": hacemos todo con mayor facilidad y perfección, con menos esfuerzo y más agrado, ¡disfrutando de ello! También poniendo cariño... Así se convierten en virtudes, que son fuerza y refuerzo de nuestras capacidades.





              Entonces, ¿para qué nos sirve la libertad? Por ejemplo, para poder encaminarnos hacia una meta importante que aporte un sentido más pleno a nuestra vida. 

            Y, lo que da mayor motivación y sentido es el amor: el amor a la familia, el amor en pareja, el amor a los hijos… Y lo que nos aporta su energía para acometer la vida con ilusión. Y lo que nos engrandece como personas.


               Es decir, el paraqué de la libertad es el amor. La persona está diseñada para amar, y en ello encuentra su mejor realización. Y muchas veces significa pensar en el otro, en los otros, antes que en uno mismo; dar, antes que recibir..., tener detalles que alegren la vida a los demás. Y también hacer la vida agradable a las personas queridas. 





              Pero hace falta que sea una libertad responsable, porque todas las acciones conllevan unas consecuencias. Se podría decir que la responsabilidad es la maduración de la libertad. Lo que la hace más libre si cabe...



           El autodominio nos permite ayudar a los demás, sobre todo en familia, para demostrarles el cariño. Y se traduce en pensar en ellos, en tener gestos concretos de atención y cariño. Además, es lo que hará que seamos más felices a pesar de las contrariedades, dificultades, o, de lo que podamos sufrir. Y es el amor el que nos aportará más plenitud y desarrollo personal, porque nos permite crecer como personas. Ser ¡mejores personas!


                Esto lo tenemos que transmitir a nuestros hijos. Primero, a través de nuestro cariño mutuo como esposos, porque somos su modelo de amor. Además, como vimos en el "marco de desarrollo antropológico", el cariño de los padres, origen de la vida de esa persona, es lo que permite que crezca y se desarrolle bien como persona. No es algo superfluo ni accesorio, sino vital.

       También queriéndolos a cada uno en concreto, con su singular personalidad, sus necesidades, o la etapa en que se encuentran... Porque necesitan todo nuestro cariño, estar inmersos en el amor mutuo de los padres, para desarrollarse bien, y para conseguir lo mejor de ellos: su mejor personalidad. 




          Para todo ello es necesario crear un ambiente familiar entrañable, de confianza y libertad, saturado de cariño, que estimule los hábitos y virtudes que queremos potenciar en nuestra casa. Ayudado de unas normas importantes y claras, pocas, que señalen un camino seguro, y de nuestro ejemplo, y con unos encargos repartidos por edades... etc.


           Este ambiente puede estar formado por varios ingredientes que facilitan la convivencia:


Alegría. Tener un ambiente festivo, estimulante, alegre. Y un hogar es alegre cuando hay preocupación por los demás.

Tranquilidad, serenidad y calma, no estresarnos. Respetar los ritmos de los niños, tener “islas de silencio” para ponderar las cosas, para pensar, para tener paz interior y saber priorizar.

Confianza para que se puedan realizar. Es como el “horno” donde se cuece y sale a la luz la mejor personalidad de cada uno.

Delicadeza: cuanta más confianza, mayor delicadeza y finura de espíritu.

Cariño: hacerlo palpable con detalles concretos para que se sientan muy queridos.

                                     “A-TRA-CON DE CARIÑO”





             Como la educación de la voluntad requiere esfuerzo, hace falta tener una motivación alta que mueva la voluntad. Una idea que haga de "motor de arranque" para adquirir un hábito, o para cambiar algo  que no vaya bien… Y la motivación va de la mano de la ilusión, de ver las cosas atractivas, saber ver el lado positivo, verlo con optimismo; es decir, ¡¡que nos ilusione poder ser mejores!!


              Educar la voluntad también es educar en valores (enlace): en los valores preferentes que tengamos en familia, basados en principios universales que no pasan de moda. Que son como una estrella polar que nos indica el norte real. Esos valores hay que interiorizarlos, hay que encarnarlos, y personificarlos. Así se convierten en virtudes. Y la mejor forma de motivar es seduciendo con su belleza...





           ¿Cómo? Luchando por hacerlos vida: nada sale solo, hace falta esforzarse e intentar conseguirlo. Con nuestro ejemplo, de forma deportiva, sin desanimarse, para que nuestra casa sea un “museo viviente” de valores verdaderamente humanos... Y, al intentar vivirlos con libertad, se logran las virtudes correspondientes, que son refuerzos de nuestras capacidades en el obrar.







          Para hacerlo más fácil podemos descubrir y fijarnos en los “puntos fuertes” de cada hijo, o de la propia pareja, y apoyarnos en ellos a la hora de luchar en algo. Así, de forma indirecta, suplir debilidades...



         Por ejemplo, si nuestro hijo tiene un gran corazón, podemos apoyarnos en eso para estimular el hábito de la generosidad con los hermanos, o de la empatía con sus amigos… O si es muy "espabilado", que nos ayude a organizar algo en la casa, o a sus amigos, explicándoles dudas… etc. O, si le gustan los coches, que haga "equipo" con su padre, para lavar, arreglar, o equipar el coche familiar… 


         Hace falta tiempo para ver entre los dos, qué cualidades tienen o tenemos, y qué queremos conseguir en cada persona, según esas fortalezas, gustos y anhelos personales..., y concretar un "plan de acción" (lo vimos en otra entrada).


            Pero se trata de hacer atractiva la virtud: de mostrar y percibir el lado positivo y amable de ella, de seducir con los valores que no pasan de moda... Es el arte de usar de forma correcta la libertad, de vivir con la dignidad inefable de una persona.


           Y ver la mejora de cada uno como una liberación de las ataduras que no nos dejan hacer lo que nos hemos propuesto, o lo que nos gustaría llegar a ser. Por eso hace falta ilusión, optimismo y lucha para acometer lo que queremos. 


          Además, al adquirir hábitos y virtudes humanas vamos teniendo una belleza interior que resplandece y atrae a los demás. Y es debido al sentido de la vida que nos proporciona, y también por la personalidad atrayente que confiere.





              VIRTUDES HUMANAS


         Algunas virtudes humanas que podemos incorporar o fomentar en  nuestra familia pueden ser:

            1-La fortaleza, la valentía y la audacia para actuar con unos fines o metas, para acometer los proyectos que nos hemos formado, para ser proactivos y hacer que las cosas sucedan.




     2-El trabajo, la perseverancia y la constancia para no desistir, para superar dificultades y llegar hasta el final. También la resiliencia para no abatirnos con las dificultades.







         3- Y, entre tanto, y desde pequeños, el orden, la sinceridad, la obediencia, la justicia, la amistad y la empatía, la generosidad (que es como el volumen de otras virtudes), la responsabilidad, que es la otra cara de la libertad…, especialmente importante en esa etapa de la adolescencia.







     4- La exigencia, necesaria para lograr algo en la vida, porque si no la comodidad y el propio “yo” nos pueden. Pero aliñada con un poco de comprensión: una exigencia comprensiva, o una comprensión exigente, como decía aquel profesor, según las circunstancias.


      5- La gratitud ante cualquier detalle con nosotros, en especial en familia.


     6- La alegría, que es el resultado de hacer lo correcto, y de pensar en los demás, lo cual nos hace felices y dichosos. De esta forma lograremos una familia ¡optimista y alegre...!, que sabe querer a los demás.









                                  Y ¿EL APOLO 13...?



          Para hacerlo más gráfico, podemos ver algún corte de la película "El Apolo 13", de Universal Studios e Imagine Entertainment, de Ron Howard, con Ed Harris y Tom Hanks como actores. 


             Plasma muy bien la fuerza de voluntad de los astronautas ante las dificultades y contratiempos, para mantener su autodominio y el control de la nave, para no desistir y llevar a cabo su nueva y complicada misión: ¡volver a casa sanos y salvos!


            Necesitan realizar miles de cosas: una ignición sin computadora, usar el vehículo lunar de navío, trabajar en la reentrada..., aprovechar la poca energía que tienen en la nave... para poder volver a casa con vida...



          También se ve cómo actúa el director de la misión ejerciendo su buen liderazgo, para superar todo tipo de problemas y dificultades, -el oxígeno, el CO2, la energía...-, aunar fuerzas, y traerlos a casa. Con tesón y perseverancia, con optimismo, sin desanimarse nunca a pesar de lo realmente preocupante de la situación. 

           "¡El fracaso no es una opción!", "¡no los vamos a perder...!"





                                       



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                                                                                   Mª José Calvo
                                                                              optimistas educando
                                                                                   @Mariajoseopt



Enlace:
https://optimistaseducando.blogspot.com/2014/04/educar-la-voluntad-iiii.html 


miércoles, 16 de abril de 2014

EL SENTIDO DEL AMOR Y DEL DOLOR

                                

                 EL SENTIDO DEL AMOR Y DEL DOLOR


            La educación familiar es importante en función de que enseñemos a nuestros hijos el valor del amor. Que aprendan a querer, por inmersión, en un ambiente saturado de cariño.

            Y eso lo captarán a través de nuestro comportamiento, porque somos sus modelos. También con lo que les digamos. Pero el ejemplo arrastra más que las palabras. El amor es lo que les aportará mayor plenitud humana, lo que siempre será importante. Un amor bueno, auténtico, hermoso… Y se traduce en educar el corazón, como centro existencial de cada persona. El mejor momento para ello es de 6 a 12 años, aunque nunca es tarde...


                    Enseñar a querer es enseñar a dar y enseñar a recibir, con generosidad, porque la persona es “un ser de aportaciones”. Lo propio de ella es dar, dándose. Por eso debemos enseñar a nuestros hijos la alegría de colaborar en la familia con sus encargos, y con gestos y detalles según sus cualidades o sus puntos fuertes. Desde muy pequeños, que se acostumbren a dejar sus cosas a los demás, que vean la alegría del que lo recibe: que se pongan en su lugar, que aprendan a compartir, comprender sentimientos y a ser generosos.




                    Y también enseñarles a recibir, pero no tanto para quedarse en el capricho de lo recibido, sino en función de lo que necesiten, para mejorar como personas. Pensando que "toda ayuda innecesaria limita a quien la recibe". Y por otra parte, no queremos tener hijos "blanditos" que se los lleve el viento a la menor dificultad. También, enseñándoles el valor del agradecimiento. 







                    Cuando son algo mayores, que aprendan a hacer pequeños servicios a los demás, con delicadeza, sin que se note... Y a aceptarlos, con agradecimiento. Que no se acostumbren a tener de todo, o a que les demos todo lo que pidan: que se lo ganen con esfuerzo. Y que aprendan a esperar, para poder aplazar una gratificación, y desarrollar el autocontrol personal y la voluntad a lo largo de su vida. Así aprenden a ser personas que reflexionan antes de reaccionar a las situaciones...


                     Enseñarles a pensar en los demás, por ejemplo, con el arte de las buenas preguntas: ¿cómo se sentirán con esto que acabo de hacer?, o ¿qué esperan los demás de mí? o, ¿qué puedo aportar a los demás? Y, ¿necesito realmente eso, o es un capricho innecesario...?





                   Y, unido al amor, siempre está el dolor, porque la vida conlleva sufrimiento. Son las dos "caras" virtuales del amor, del binomio amor-dolor, como dice el profesor Oliveros F. Otero. No se puede amar verdaderamente sin sufrir, y por otra parte, el amor no se puede ver, sino en el dolor: ahí es donde queda bien patente si se ama de veras... Pero hay que saber unir el sufrimiento al amor para que cobre sentido y no nos destruya. Para descubrir un sentido al dolor. Porque el dolor no impide la felicidad, si lo unimos al amor.



                      El dolor a veces nos permite hacer un alto en el camino, para dedicar tiempo y energía a reflexionar sobre lo importante de nuestra vida, y no tanto sobre lo inmediato o urgente que nos reclama la atención. Porque habitualmente llevamos una vida desenfrenada, y nos movemos más en la superficie. No prestamos atención a los porqués, o paraqués y solo a los cómos. No vamos a las raíces de las cosas, nos dejamos llevar de las prisas sin poner mucho pensamiento...


                     El dolor es un misterio, y a veces nos pone en predisposición de pensar, de reflexionar. Estamos acostumbrados a pensar enfocados en la resolución de problemas, pero no tanto respecto a los misterios. Por ejemplo, la persona es un misterio. El amor también... Y el dolor, en parte, también lo es: no lo comprendemos fácilmente. Así, lo trivial cede paso a lo importante, y nos pone en situación de pensar, y nos  ayuda.



                      Por eso es bueno enseñar a nuestros hijos las dos caras del amor, porque lo aprenderán, especialmente al ver cómo nos manejamos en esas circunstancias. Volvemos a la “senda de los exploradores”: ellos nos están mirando todo el día, y aprenderán a manejarse con nuestros referentes. Vamos marcando la senda por donde ellos caminarán, según nuestros valores, motivaciones, principios y prioridades. De aquí la gran responsabilidad que tenemos de ayudarles a lograr lo mejor de ellos.



                También pensar, que no hay amor sin dolor, ni dolor que no se pueda sobrellevar si se ama de veras.

                Por otra parte, el dolor es la “piedra de toque del amor”: donde se consolida el amor. Porque, a veces, hasta que no se sufre no se sabe si está vivo o no... 

                      Tenemos que aprender a transformar el dolor de los demás  en condolencia, en un amor más sabroso. Saber comprenderles, sintonizar y mostrar empatía, porque eso les puede aliviar mucho.




                     Pero es bueno distinguir entre dolor y sufrimiento. Dolor es la respuesta objetiva ante la pérdida de un bien. Y sufrimiento es la resonancia subjetiva de la pérdida de dicho bien: lo que nos afecta a cada uno. Por eso, hay que aprender a poner el corazón el lo que vale la pena, en lo importante; no en lo que no la merezca. Así evitaremos sufrir por nimiedades...

                        ¡Cuánto sufrimiento podemos evitar alejando el corazón que todo aquello que resulta superfluo!




                          Y saber unir el dolor al amor, para que  cobre más sentido. Para que nos de su fuerza, para soportarlo primero, y luego sobrellevarlo por amor. 


                  



                      En la familia nos encontraremos con el dolor.  Va siempre unido al amor, porque éste requiere sacrificios, renuncias, ausenciasCuando el sufrimiento está asumido por el amor representa una ayuda para la superación personal, y nos estimula a madurar y lograr la mejor personalidad. 



                   El dolor nos hace más humildes, aceptamos nuestras posibilidades, y nos abrimos a la realidad de las cosas. Y el amor mitiga el dolor: le da su fuerza, y le da sentido. Alguien dijo que el dolor y el amor se unen en las fronteras de la misericordia… 



                 Cuanto más amamos somos más vulnerables, nos exponemos a sufrir más por amor. Las personas más afectivas ponen mucho corazón en las relaciones familiares, en la amistad, en los demás… y suelen sufrir más. Pero siempre merece la pena amar, a pesar de lo que se pueda sufrir...


                      Hay situaciones traumáticas que a veces provocan rupturas en la pareja; otras veces sirven para unir más a las personas. Depende de cómo las afrontemos. Si nos ayudamos y apoyamos en la familia, haciendo acopio de generosidad, es una oportunidad para madurar y querernos más. El secreto está en compartirlo, en llevarlo juntos, en ayudarse.





                      Una muestra de amor incondicional, a pesar del sufrimiento, se recoge en “Señora de rojo sobre fondo gris”, de Miguel Delibes. Es un canto agradecido a la figura de su mujer... Escribe: “Desde su delicada capacidad para iluminar las vidas de los demás, Ana supo contagiar alegría y plenitud, también en la enfermedad.” Se preocupaba de alegrar el día a los suyos: cada mañana, se preguntaba por los motivos de estar alegre…






                 Juan Pablo II decía, a los enfermos de un hospital, que el sufrimiento es un modo peculiar de amar. Consolaba a los que sufrían. Decía que para amar de veras, hay que desprenderse de cosas, pero sobre todo de uno mismo: dar gratuitamente, amar hasta el fin. Es el secreto de la felicidad. 

                             Y una expresión suya: ¡No tengáis miedo!… 





                       Porque el cometido de la familia es "construir" a cada persona que viene a este mundo, custodiar y acrecentar el amor. Cuidar lo humano. Y para ello tenemos que enseñar a querer a nuestros hijos. Cuando hay sintonía afectiva, las alegrías compartidas se hacen mayores, y sin embargo, las penas disminuyen.


       Educar para el amor, con amor, sin miedo a lo que puedan sufrir si saben amar de veras. 


            Es la tarea más importante y emocionante que tenemos entre manos, y la que más felicidad nos puede aportar. Y por otra parte, lo estamos enseñando sin querer: somos sus modelos, y nos copiarán. ¿Sabremos ser buenos modelos? Por lo menos podemos luchar en ello, porque también lo verán…, pero ¡¡con optimismo y esperanza!!



                     En estas vacaciones de Semana Santa, nos podemos ayudar de alguna película para pensar en ello. Por ejemplo, para niños, “El hombre que hacía milagros” dirigida por Mel Gibson. Tiene unos dibujos preciosos, una música ideal, y nos puede enseñar algo sobre el sentido del sufrimiento… 


                                   
             Con adolescentes mayores se puede ver “La Pasión”, también dirigida por Mel Gibson, con Jim Caviezel, pero desde la perspectiva de un amor sin medida, más que desde el sufrimiento. Como él dice, ¡es la mayor historia de amor y de perdón de todos los tiempos...!






                                                                    Mª José Calvo
                                                                     optimistaseducando


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