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martes, 29 de octubre de 2013

LAS RAÍCES DE LA EDUCACIÓN, LAS SINAPSIS Y LOS HÁBITOS... III


                                 

            EDUCACIÓN, HÁBITOS Y SINAPSIS




          Los padres somos los principales educadores de nuestros hijos. En cada familia, se les quiere de forma incondicional, y es ese amor el artífice de la maduración de cada uno. En concreto, el sentirse entrañablemente queridos, permite su buen desarrollo.


       Pero, ¿cómo se concreta o se hace real la educación de nuestros hijos? ¿Cómo vemos que se va logrando algo...? 


      El niño aprende viendo la realidad, guiado por su curiosidad, experimentando..., e imitando a quienes mas quiere: sus padres. Necesita un buen modelo. Y es vital explicarles lo que está bien o mal, para que lo vayan interiorizando, y sea un referente a la hora de actuar. 


         Ese modelo que somos los padres le ayuda a desarrollar buenos hábitos operativos, desde bien pequeño. Insisto, porque se siente querido. Desde que está en la cuna, con los horarios de sueño, comidas, higiene, paseos… etc., y, cuando va creciendo, con rutinas diarias, algunos encargos, que le ayudan a adquirir habilidades y destrezas, y fortalecen la voluntad, la relación con los demás y la empatía..., se van formando hábitos que facilitan la vida. 

           


          Estos hábitos, al interiorizar esas acciones, potencian las respectivas facultades. Y, con un grado de libertad, según la edad, crean nuevas conexiones o sinapsis neuronales en el cerebro. Éstas, se ven reforzadas con los estímulos necesarios, el ambiente, y acciones de la vida diaria, gracias a la plasticidad neuronal, base del desarrollo cerebral y de todo aprendizaje. Como señaló Santiago Ramón y Cajal, cada persona, si se lo propone, puede "esculpir" su propio cerebro... 







             Pero, es necesario apoyarnos en su curiosidad, en su capacidad de sorprenderse, porque es la forma en que mejor aprenden. Desde su interior. Y, presentar las cosas motivando, con ilusión, jugando, y todo inmerso en cariño. Necesitan disfrutar para aprender: las emociones dirigen la atención, e influyen, no solo en el aprendizaje, sino en todos los aspectos.





            El periodo en el que es más importante en relación con las sinapsis neuronales es el primer año de vida, y luego, hasta los 8-12 años. Es un periodo de “explosión” o de formación de innumerables sinapsis. No es buena la sobreestimulación, que satura los receptores, como tampoco un ambiente carencial. Sino, la adecuada en cada momento, respetando los ritmos lentos de crecimiento de los niños, dejándoles que admiren las cosas, que se sorprendan, sin cortar su imaginación y creatividad, por darles todo hecho y solucionado. Para que, de esta forma, surja desde su interior el querer conocer las cosas, la experimentación, y el gusto y motivación por el aprendizaje, porque disfrutan con ello.



Existen unos periodos naturales, más sensibles, con una predisposición al aprendizaje de determinadas funciones y comportamientos, porque el niño está preparado para ello. Disfrutando, y como sin esfuerzo.

         Por ejemplo, la deambulación y el habla, el orden, prácticamente desde que nacen hasta los 3,5 años, con esos hábitos antropológicos de sueño, comidas, paseos, higiene..., 
el movimiento, desde los primeros meses a los 4 años, el lenguaje, de 0 a 6 años, la sensibilidad fina, hasta los 4,5 años, el control de esfínteres a los 2,5-3 años, la socialización de 3 a 6 años, la lectura, de 3 a 5 años, el conocimiento de la naturaleza... Estas edades son un poco orientativas.


         Más adelante, hasta los 9 años, más o menos, la sinceridad, la generosidad, la fortaleza, la amistad..., la responsabilidad y el esfuerzo... hasta los 12 años. Por eso es bueno trabajar esos hábitos en estas edades tan provechosas.





        Se nota que el niño está en ese periodo crítico, porque se concentra en algo, y le gusta repetirlo hasta que lo hace suyo. Para ello debemos crear un ambiente donde esté a gusto, con calma y serenidad, con libertad de elegir y hacer algo que más le guste...

         





          Por eso hay que cuidar el uso de las tecnologías, como pantallas o videojuegos… Dejarles ver el mundo con su mirada tranquila, con ojos "nuevos"..., apreciando lo bueno y bello de las cosas. Además, pueden favorecer la dispersión y el déficit de atención, porque a veces pasan mucho tiempo enganchados a las pantallas. No ayudan a concentrarse en una tarea concreta, ni a pensar por cuenta propia. Y, la maduración y el aprendizaje requieren calma, y tiempos atencionales lentos. La tecnología no suele fomentar el pensamiento crítico. Pongo un enlace sobre "las tecnologías y la familia" por si quieres ampliar.




          Volviendo al tema que nos ocupa, en estas edades, pueden aprender a vivir unos valores universales, basados en principios, porque los ven personificados en sus padres. Así podemos hacer atractiva la alegría y la generosidad en la familia, el optimismo, la fortaleza, la confianza, 
el ayudar a los demás, la responsabilidad y el esfuerzo, la resiliencia, el agradecimiento, la sinceridad, la empatía..., aprovechando esos momentos más sensibles.










           Posteriormente, en la adolescencia, se produce una reorganiación de circuitos neuronales, con una “poda selectiva" de sinapsis que no se utilizan, quedando las más necesarias, según las cualidades específicas de cada uno, los gustos, lo que les emociona, los intereses, el aprendizaje…, en definitiva según la libertad de cada persona. Así, se crean estructuras nuevas para adquirir nuevas funciones superiores. También aparece un reforzamiento de sinapsis, resultando mucho más rápidas y eficaces, por el recubrimiento y aislamiento de axones con vainas de mielina. Se cambia la materia gris en materia blanca.






             
              La ventaja de estos hábitos es que, cada vez que se realiza esa acción, se ejecuta mejor, a la vez que con más facilidad, y se disfruta más. Y, con cierta inclinación a hacerlo... Se va haciendo de forma más automática, menos consciente, de manera que la corteza cerebral se “desentiende” un poco, y puede ocuparse de otros asuntos, como el pensamiento, la capacidad de decidir... Dan una facilidad permanente: es como poner el "piloto automático".





         


         A veces se piensa que, a base de repetir muchas veces, se adquiere un hábito. Pero, no siempre es tan necesario. Lo importante es interiorizar y aprehender su esencia, el bien que conlleva, y querer hacerlo poniendo el corazón: por amor. Y hacerlo vida. 


       Todos las acciones van conformando la personalidad. Todo buen acto va formando hábitos, nos mejora como personas, y nos permite obrar en esa línea. También sucede lo mismo con los que no son correctos, o nos hacen peores personas. 

        Es preciso cuidar dichos hábitos, porque generan conductas, y nos influyen de gran manera en nuestra vida. Modelan el carácter y la personalidad de cada uno. Y, al final, como reza una cita de un gran filósofo clásico, "somos lo que hacemos cada día"...




         Nuestros hijos, cuando van creciendo, van comprendiendo los porqués de esos hábitos, y, al vivirlos con libertad, porque ellos quieren, se transforman en virtudes. 



Una virtud es un valor personificado, 

hecho vida, 
que da fuerza para realizar esa acción 
del mejor modo, y con un disfrute mayor 


Las virtudes son refuerzos de nuestras capacidades







            En este punto, podemos hacer un inciso. En la naturaleza hay unos principios universales, que no cambian con las modas, ni con los tiempos. Estos principios gobiernan nuestra conducta y sus consecuencias. Son los que nos indican un “norte” en nuestra actuación, y es lo que podemos llamar el sentido de la trascendencia. 


         Y están relacionados con los grandes valores: el BIEN, la VERDAD, y la BELLEZA (dejo enlace abajo). Vimos que, la belleza es el esplendor de la verdad y del bien. Es lo que capta nuestra inteligencia y nuestra afectividad, y nos hace ilusionarnos, disfrutar y sorprendernos de lo que es hermoso, de lo bueno de las personas, de la amistad, o de las relaciones interpersonales.






           Por eso es importante educar apoyándonos en la belleza. Descubrir la belleza de las situaciones cotidianas, que muchas veces nos pasa desapercibida. La belleza no solo está relacionada con la naturaleza o el arte..., sino también en las relaciones familiares, en el cariño que se pone en hacer la vida agradable a los demás, en la sonrisa aunque nos duela, en la comprensión y la empatía, en la generosidad... (Dejo enlace sobre relaciones familiares).



          Estos principios universales, que nos indican el norte real, nos pueden servir de guía. Lo que pasa es que, a veces, consideramos importante algo que en realidad no lo es tanto, y nos desviamos del rumbo. O, nuestra conducta no está a la altura que deseamos, por falta de pensamiento, de voluntad, o por miles de motivos... 




        Entonces, la dirección de nuestro viaje, puede no coincidir con el “norte” verdadero..., sino por un "norte magnético" que nos desorienta y confunde. Pero, siempre podemos detenernos, reflexionar, usar la cabeza, y, rectificar el rumbo, realinear la trayectoria. La vida, muchas veces, consiste en comenzar y recomenzar con ilusión y nuevos bríos. 




       Estos principios se rigen por leyes naturales, que no nos cuesta mucho seguir, porque está inscritas en nuestro interior. Pero, la persona, como es libre, puede actuar conforme a esos principios, a la ley natural, o, puede guiarse por otros puntos luminosos que atrapan, pero se desvanecen pronto. Y uno puede acabar desilusionado, triste, vacío, incluso sin un sentido profundo de la vida... Porque, todo acto sin sentido, o en contra de la naturaleza, nos quita parte del sentido de la vida.




       Entonces nos damos cuenta que, cuando nuestras valoraciones o nuestra conducta coinciden con ese “norte” real, somos más felices que, cuando giramos en torno a otros puntos luminosos, que nos pueden deslumbrar, pero que se desvanecen al momento; o, en torno a nosotros mismos y a nuestro “ego”.

         Que la felicidad es consecuencia de seguir unos  principios universales, y no tanto de centrarnos en nosotros mismos. De luchar por lograr cada uno su mejor personalidad, su mejor versión. Por eso, debemos ver qué dirección tenemos, para volver al camino cuando lo precisemos. Cuesta, pero ¡siempre compensa!





         Aquí nos es de ayuda inconmensurable la voz de nuestra conciencia, que tiene mucho que ver con la inteligencia, y es como una conexión con el “bien” que nos ha sido regalada. (Dejo enlace sobre "pilotar" la propia nave)



          Por eso, es preciso formarse, realimentar el pensamiento con buenas lecturas, saturas de valores nobles... Que sean luz para el pensamiento, y alimento para el corazón. Y, contar con las personas adecuadas que puedan aconsejar o guiar en las dificultades..., cuando se ve todo "oscuro".






                *1) Y, ¿CÓMO HACEMOS ESTA TAREA...? 

           Para desarrollar todo ello, nos apoyamos en la autoridad que tenemos los padres. Ya vimos que, es un servicio para orientar y guiar a los hijos, para ayudarles en su crecimiento y autonomía. Siempre con cariño y confianza, buscando el bien para ellos. Y, sin dejar de exigir lo necesario: firmes en los objetivos y flexibles en las formas de conseguirlos.





         También para lograr la participación de nuestros hijos en la familia: todos pueden contribuir en sacarla adelante; ellos, como segundos responsables. De esta forma, es como se sentirán valorados y útiles, además de queridos.

            Por eso, es preciso señalar unas pocas normas claras, desde pequeños, que iluminen un camino, y les digan lo que es correcto o no. De esta forma, les damos la seguridad y el referente que necesitan. Y siempre, contando con la libertad personal, adecuada a su edad.






          Los padres tenemos la responsabilidad de dirigir la familia, y, su crecimiento, como personas singulares, con toda la grandeza que supone. Pero, ellos tienen el deber de obedecer, para lograr su mejor personalidad. Aunque, de forma inteligente, usando la cabeza, según la edad, porque se les explican los motivos y razones, y, se les enseña a pensar por cuenta propia. Asimismo, ven la coherencia de los padres, que es lo que más les atrae, e intentarán imitarles.

             También contamos con el prestigio que tenemos, o que adquirimos, con respecto a los hijos. Por eso es importante prestigiarnos el uno al otro, haciendo notar, como de pasada, aquel detalle que hemos visto en el otro, en las conversaciones con los hijos.



            Al hilo, una idea de William Bennett que enlaza con el tema:



"No hay nada que determine la conducta de un niño, 
como sus pautas interiores, sus creencias, 
su sentido de lo bueno y de lo malo"






         Por otra parte, la adquisición de buenos hábitos requiere algo de esfuerzo, pero, fortalece y fomenta su voluntad, para que se vayan entrenando en pequeñas cosas, y más tarde sean capaces de acometer grandes retos, poniendo el corazón en ello.

     También favorece el autodominio personal y el control de impulsos... Algo muy necesario con vistas a la adolescencia. De esta forma, serán más autónomos y responsables, intentarán pensar antes de actuar..., sin perezas ni procrastinar tareas. Por eso, la necesidad de la motivación.


               

          


               * 2) LA MOTIVACIÓN

           Para todo ello hace falta motivarles. ¿Qué es un motivo? El efecto del descubrimiento de un valor, o algo que nos deslumbra. Por ejemplo, aquello que nos llama la atención de una persona, porque personifica algún valor..., como la simpatía , la generosidad, los buenos modales, la empatía... etc.

            Motiva lo positivo, la ilusión, la sorpresa, la belleza, el no estar de “vuelta” de las cosas. 
 También motiva el optimismo, el cariño, la esperanza.



            Es preciso hacer atractiva cualquier meta que les propongamos, o, por la forma en que se la planteamos. Ver los objetivos como retos a conseguir... 

          
           En definitiva, aprender a tratar a cada uno como si fuera un poquito mejor de lo que es en ese momento. Mostrarle cariño de forma incondicional, por ser quien es, y no por su comportamiento, o por lo que haga... 

         Razones verdaderas motivan a cambiar cuando se precise, de bien a mejor; o, de mejor a excelente... Nunca darnos por satisfechos del nivel alcanzado, puesto que si nos paramos, o nos conformamos, nos estancamos y no crecemos. Siempre se puede mejorar.




       Es necesario luchar, crecer juntos como familia, buscando la excelencia, el optimismo de óptimos. Porque, lo mejor es lo más propio de la persona: hace falta apuntar alto para movilizar energías, poniendo el corazón.


           También sabiendo que, la familia es, en frase del profesor Oliveros F. Otero, un "centro de intimidad" y "un centro de apertura". Atendemos a cada persona, y crecemos juntos como familia, cuidando esa intimidad familiar. Pero, también podemos hacer partícipes a familias amigas, de nuestro proyecto familiar, de nuestra valoración de la familia, de nuestros objetivos y retos. Y, de la alegría de “vivir juntos una aventura en las fuentes de la vida”como expresa Gilbert K. Chesterton...






           Espero que te haya gustado, y que lo compartas con amigos. ¡Muchas gracias!



           Dejo enlaces relacionados:

 -"Marco de desarrollo infantil neurológico

  - Los padres, principales educadores de los hijos

 - Las raíces de la educación y la brújula

 - Educar-para-la-libertad 






                                                                           Mª José Calvo
                                                                          @Mariajoseopt 
                                                                                                                                                                                 optimistaseducando.blogspot.com






https://optimistaseducando.blogspot.com/2013/10/las-raices-de-la-educacion-iiiiii.html

jueves, 17 de octubre de 2013

LAS RAíCES... Y LAS GAFAS II


                      
                             LAS RAÍCES DE LA EDUCACIÓN II/III


            Seguimos al hilo de otra entrada, sobre los "porqués" y "para qués de la educación. Se podría decir que educar es ayudar a cada hijo a crecer como persona... Ser capaces de pensar por cuenta propia, y de amar con libertad, es lo más propio de una persona. Hemos visto cómo orientarnos con una brújula que de veras señale el norte... Ahora nos podemos hacer otras preguntas: ¿en qué consiste educar?, ¿cómo lo podemos hacer en el día a día?, ¿de dónde partimos?

        Hesíodo, un poeta de la antigua Grecia, ya decía que la educación ayuda a la persona a ser, lo que es capaz de ser. Educar es ayudar a ser esa persona, con sus características singulares, con esos puntos luminosos de cada uno. Para lo cual se necesita luchar por hacerlos "reales" día a día.


      Y para esto, es preciso ver esas cualidades especiales de cada uno, partiendo del temperamento que posee, para modelarlo en un buen carácter, forjándolo al calor del cariño. 




         Pero, ¿cómo concretarlo?

          1.- En primer lugar, desarrollar posibilidades personales

        Primero o positivo, así compensar limitaciones. Fijarnos especialmente en las cualidades y puntos fuertes de nuestros hijos, para potenciarlos, y que los pongan al servicio de los demás... Ver esas cualidades específicas que tienen, singulares, aquello en lo que sobresalen, y ayudarles a desarrollarlas.

            Cada persona que viene a este mundo tiene algo único, específico, que le otorga una singularidad especial. Es preciso ver primero esos aspectos, y no fijarnos tanto en los defectos, que es, muchas veces, lo que salta a la vista. Aunque, conocerlos, para fomentar las virtudes opuestas.


          Pensar siempre en positivo, fomentar lo bueno, estimularlo, valorarlo, agradecerlo, y apoyarnos en ello para compensar debilidades, o fallos, sin estar recordándolo todo el día. 






         De esta forma, es como si nos pusiéramos unas "gafas especiales" que nos permitieran ver lo bueno de nuestros hijos, o de nuestra pareja, y de los demás, para tratar de descubrir lo característico y especial de cada uno, que les aporta belleza interior. Es la forma de conocerlos de veras, y lo más propio suyo. Y el camino para su plenitud como persona.





             Y de ese modo, intentar fomentarlo, para lograr su mejor personalidad, para enriquecer las relaciones familiares, para mejorar el mundo en el que nos movemos, para hacerlo más bello. 


          Esas cualidades, en parte son un don, un regalo, y en parte una tarea a desarrollar. Y su desarrollo está encomendado, primero a los padres, sabiendo animarles y motivarles, seduciendo con unos valores humanos vividos. Y también a los propios hijos, para que sigan desarrollando esos “talentos” y fortalezas, con pensamiento y libertad personal, con perseverancia.

            Y esto durante toda la vida: nunca dejamos de ser padres, aunque sí varían las circunstancias y los modos de actuar.

             Es indudable que esto requiere interés y cariño por nuestra parte. Y tiempo. Está en juego el bien de nuestros hijos, y no debemos confundirlo con el bienestar, que eso sí que no requiere mucho esfuerzo: basta con dejarnos llevar de la comodidad, tanto nuestra, como de ellos. Y todo va influyendo en su autoestima: en especial el cariño con que los tratamos.



     2.- En segundo lugar, educar es enseñar a pensar por sí mismos, a tomar decisiones desde pequeños. Usando su libertad personal, según la edad.

            Primero en cosas más fáciles, sin mucha trascendencia, y enseñándoles a hacerlo. Cuando son algo mayores, explicarles que una buena decisión precisa varios pasos: hace falta primero pensar, informarse, decidir, y posteriormente llevarlo a la acción.




               Es preciso que se vayan entrenando en cosas más complejas, siempre ayudándoles, pero desde “lejos” hasta que cojan más soltura. Así, van estrenando su libertad...  Y para ello hace falta enseñarles a pensar, también de forma crítica, y a tamizar la información que cae en sus manos, que, con la tecnología, cada vez es mucho mayor. 


             También se puede hacer un "plan de acción" concreto para fomentar algún aspecto. 

           De esta forma aprenden a ser autónomos y valerse por sí mismos, algo muy necesario en la educación. Si los sobreprotegemos, si solucionamos sus problemas, si "allanamos" el camino, no les dejamos ser ellos mismos, ni usar sus capacidades. Se forman hijos inmaduros, tengan la edad que tengan..., incapaces de afrontar retos.

        Si hacemos lo que les corresponde a ellos, si les facilitamos demasiado la vida, sucede lo mismo: no les dejamos crecer, ni luchar, ni tener iniciativa... Porque, "toda ayuda innecesaria limita a quien la recibe". Y ahora hay muchos jóvenes inmaduros viviendo con sus padres y muchos síndromes de Peter Pan que no saben despegar.







         Además, cada decisión que se toma en la vida, influye, porque va conformando la personalidad. Todo acto bien hecho nos mejora como personas, porque va formando hábitos, actitudes, y virtudes en nosotros. Pero, todo acto que no sea correcto nos empeora, va formando hábitos poco saludables que perjudican. Una frase que se puede repetir: "hacer el bien lleva el premio".





         De todas formas, siempre podemos pararnos a pensar, hacer un alto en nuestra vida, para reiniciarse y volver a empezar. El perdón, a uno mismo, y a los demás, permite volver a la lucha, porque sana las heridas, tanto en nosotros como en los demás. Pone un punto y final en las acciones menos honorables, y nos libera de las consecuencias. También es necesario aprender a perdonar, sobre todo en familia, donde nos quieren infinito. Además cuanto más se ama, mucho más fácil resulta el perdón.


        





             3.- En tercer lugar, en esa etapa llamada adolescencia, es permitir que nazca su intimidad, que descubran y conformen su identidad. 

               Es preciso mostrarles el cariño, aunque de otra forma; explicarles lo que les pasa, porque pueden estar un tanto desconcertados y no se gustan. También conectar con ellos, hacerles atractivos los valores, seducir con su belleza, y nuestra coherencia, con integridad personal, porque los intentamos vivir, y ellos nos están mirando todo el día...

           Sufren una serie de cambios, no sólo fisiológicos, sino también afectivos, psicológicos, anímicos…, y hormonales, que no se reconocen. Su cerebro está remodelándose. Está naciendo su personalidad, y necesitan buscar unos valores donde anclarse. No, los que dicen sus padres, sino, los que ellos creen o piensan que son importantes. Por estos cambios, son tremendamente inseguros.


               Hay que apoyarles y animarles a dar lo mejor de ellos, y ayudarles en el proceso de maduración de esa intimidad personal. Y es preciso resaltar las cualidades positivas y fortalezas que poseen que, a veces, ni las conocen. Por eso pueden tener la autoestima baja. Hay que sonreírles con frecuencia, y demostrar que les queremos, con detalles concretos que ellos valoren..., aunque no lo quieran reconocer. ¡Nos necesitan!


            También aclararles el concepto de libertad. Ellos la quieren entiender como independencia, pero, no se dan cuenta que conlleva responsabilidad. Son las dos caras de una moneda: a mayor libertad, mayor responsabilidad. Una gran libertad conlleva una gran responsabilidad...

           Porque, como expresa el profesor Oliveros F. Otero, la responsabiliad es la maduración de la libertad. Hace falta confiar, e ir dándoles libertad, para que aprendan a ser responsables. Presentarles pequeños retos que alcanzar. Ir soltando amarras...




            Se trata de conseguir una libertad responsable. La libertad es como una "cota" que deben ir ganando con su actuar responsable.


           Y, enseñarles a asumir las consecuencias de sus acciones desde pequeños. Considerarles "segundos responsables" de la familia: que nos apoyemos en ellos, según sus fortalezas, y su edad. Preguntarles con frecuencia qué opinan, cómo nos organizamos, sus gustos, tenerles en cuenta, que resuelvan problemas, que tengan iniciativa... En definitiva, que piensen en los demás.

               

            Asimismo, algo importante es aclararles que el amor no es solo cosa de sentimientos, sino una decisión firme de la voluntad, de querer querer a la persona elegida. Y un compromiso de hacerlo real. Tienen mucha información en materia sexual, reducida a conexiones anatómicas, pero nadie les enseña lo que es el verdadero amor, que abarca a toda la persona, desde el centro del corazón, con su capacidad intelectual y volitiva, ¡libre!, además de afectiva. Debemos ser los padres quienes les aclaremos todo esto, no solo de palabra, sino también a través del modelo de amor que les presentamos.




                   
El amor está más en dar que en recibir; en pensar en el otro, más que en uno mismo. Tiene mucho que ver con la generosidad y la empatía..., con ser felices haciendo felices a los demás. Y, el marco en el que la sexualidad cobra todo su sentido es un amor auténtico, comprometido, para siempre. Si no, degrada y pasa factura.


          Darnos cuenta que, muchas veces, necesitan más amor del que se merecen. Otras, intentan llamar la atención con conductas inadecuadas. Entonces es preciso saber escuchar, incluso, lo que quieren decir y no saben expresar, o lo dicen con esa conducta, ese piercing, etc. Frecuentemente, lo que reclaman es atención y cariño, aunque no lo saben muy bien, o no lo quieren reconocer. Y, si redoblamos nuestro interés y cariño hacia ellos, con diplomacia, sin agobiarles, seguro que mejora el ambiente.



           Se trata de favorecer desde pequeños un clima de amistad entre padres e hijos, alegre y confiado, donde es fácil luchar por dar lo mejor de cada uno. Confiando siempre en ellos, para que intenten ser mejores, y lograr lo mejor de ellos. Y, que puedan confiar en nosotros, para compartir conversaciones, ayudas, opiniones, consejos... en el momento adecuado, sin machacar.

                 Ensañarles a valorar la verdadera amistad, que tanto les gusta, y el trabajo en equipo, especialmente en la propia familia.








              Y fomentar las formas positivas de rebeldía: ayudarle a luchar contra lo que despersonaliza, empequeñece, masifica, o cosifica, canalizando las negativas. Es bueno que quieran luchar, pero a veces no saben cómo hacerlo, o contra qué luchar: debemos orientarlos, enseñándoles a usar la cabeza, a poner el filtro del pensamiento ante las fluctuaciones emocionales tan grandes que tienen.





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Dejo enlaces sobre:

-las-raices-de-la-educacion y la brújula...
-las-raíces-de-la-educacion y los hábitos


                                                                                                            Mª José Calvo
                                                                   optimistaseducando.blogspot.com





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