LOS SENTIMIENTOS Y EL AMOR
Los sentimientos y emociones son importantes en el amor. De hecho, suele comenzar con ellos, cuando alguien nos deslumbra con su belleza, e inunda un sentimiento que parece que lo podemos todo. Nos transforma.
Estar enamorado es algo entusiasmante, se ilumina y cobra más relieve el mundo entero. Vemos la belleza de la otra persona, y nos atrae de forma singular e intensa: ya casi no se puede pensar en otras cosas… La mirada y el pensamiento se van hacia esa persona, y uno quiere compartir la vida entera con ella: tejer un proyecto vital conjunto. Como decía Ortega, amar es estar empeñado en que exista, no admitir en lo que depende de uno la posibilidad de un universo donde (aquella persona) esté ausente.
Una idea poética de Platón que lo refleja muy bien: “La conmoción amorosa tiene lugar en el encuentro con la belleza sensible, pues ella conmueve al hombre más que ningún otro valor, y lo arrebata de su tranquila comodidad”. Nos mueve a salir de nuestra individualidad y encaminarnos hacia la otra persona atraídos por su belleza.
Emocionarse por el otro, y con el otro, por la maravilla de su persona, por de lo valioso de su existencia. No acostumbrarse a verle, a tenerle al lado, a su cariño y detalles de atención. Disfrutar de ello.
Y tiene mucho que ver con el sistema límbico, que es el estrato anatómico encargado de percibir y regular sentimientos y emociones. Especialmente la amígdala, que maneja el mundo emocional, aunque el hipocampo también tiene connotaciones afectivas en la memoria y aprendizaje
*1. Los sentimientos
Volviendo a los sentimientos, los refleja muy bien Dietrich von Hildebrand, en su libro “El corazón”. Señala como tres niveles: sentimientos físicos, psíquicos, y espirituales.
Los físicos son más superficiales, basados en sensaciones, y dependen de las condiciones fisiológicas del cuerpo. Son cambiantes y manipulables. Los psíquicos se provocan por resortes internos producidos de forma artificial. Por ejemplo mediante la música, las películas, las novelas la imaginación… Sabemos que son actores, que es ficción, pero nos sentimos inmersos en sus estados emocionales. Y, a otro nivel, más alto están los espirituales, que son respuestas reales de un corazón noble ante los hechos, y las personas, que nos llega a lo más íntimo.
Nos conmueve un gesto de una persona con problemas que lucha por olvidarse un poco de sí y alegrar a los demás, o un gesto de cariño de nuestra propia pareja cuando no se encuentra bien, pero se esfuerza por tener ese detalle. Todo lo bueno nos conmueve desde lo más hondo del ser. Es preciso no endurecer el corazón: aprender a amar, aunque en ocasiones nos haga sufrir. La alegría muchas veces tiene sus raíces en forma de sacrificio gustoso por quienes amamos.
Es la base de la empatía y de la compasión, de los sentimientos nobles y profundos que no dependen de receptores epidérmicos superficiales, sino de algo más valioso y consistente. Por eso, tener gestos de cariño, o hacer algo bueno, se acompaña de esos sentimientos que nos ayudan a persistir en esa línea, y todo ello nos mejora como personas.
Por eso, cuando nos desentendemos un poco de los sentimientos más superficiales somos capaces de albergar otros más elevados y profundos, que son la fuente de la más rica afectividad. Dan energía y vitalidad, y motivación alta y duradera para querer a los demás, y en concreto en pareja, y en familia.
*2. El corazón
Por otro lado, los afectos son propios del corazón. Pero, ¿qué es el corazón? Se podría decir que es el centro de control de cada persona. Lo más íntimo, personal e importante, que unifica experiencias y pone armonía. El mundo de la afectividad, y todas sus manifestaciones, pone una nota de diversidad, pero luego el corazón lo unifica e integra en la personalidad.
Por tanto, es preciso cuidar el corazón, aprender a ponerlo en lo que de veras vale la pena, forjar un corazón grande que pueda dar lo mejor de sí para querer a los demás. Muy en especial a la persona que nos deslumbra con su luz y sus cualidades especiales, con la que uno quiere compartir la vida.
Todo ello nos enriquece, nos hace más humanos y comprensivos. Y siempre podemos fomentar los sentimientos más finos y nobles…, disfrutando de los que surgen ante todo lo bueno y bello que nos rodea. Sobre todo en el trato con el ser querido, mostrando delicadeza y empatía para acogerle y conectar. Con gratitud ante sus gestos de atención, y estando atentos para prestar la ayuda que necesite, con delicadeza, sin alardear. Esto es lo que nos da un corazón enamorado, pues “el corazón habla directo al corazón”. Y conforma un “hogar” entrañable.
Señala el doctor Tomás Melendo: “la vida es la gran oportunidad que se nos da para agrandar el propio corazón”, para que quepan todos, y especialmente la persona amada. Asimismo, para entregarle nuestro mejor “yo”, y enriquecerle. La esencia del amor es la entrega personal, pero, también lo es acoger a la otra persona. Aceptar sus estados afectivos, más o menos oportunos, cubrir sus limitaciones con finura, sabiendo perdonar, o pedir perdón, para sanar pequeñas heridas. Liberarnos de las “ataduras” del rencor y la amargura, ser capaces de algo mejor. Con miras elevadas.
*3. ¿Y la felicidad?
Sin duda los sentimientos juegan un papel. Sin embargo no son lo más importante, a pesar de lo que se suele creer. Cuando amamos de veras nos sentimos dichosos. Con ideas de este gran humanista, la felicidad, esencialmente, es un estado objetivo, real, del ser humano: la conquista progresiva de una plenitud en cuanto persona. Y ese crecimiento genera los sentimientos placenteros correspondientes. Un sentimiento generalizado, cuando el desarrollo es el de la persona en cuanto tal.
Y esa plenitud la “notamos” subjetivamente: es lo que nos hace sentir dichosos. Y ahí están los sentimientos. Pero, todo eso es consecuencia de la lucha progresiva por dar lo mejor de uno, y sobre todo por amar. En concreto a la persona a la que entregamos, en un acto supremo de libertad, el propio corazón, con el “sí quiero”.
Por tanto, no se puede pretender sin más ser feliz, puesto que es el resultado de esa lucha y plenitud personal. Esos sentimientos de felicidad son el resultado de una mejora personal por descentrarse del propio “yo”, y enfocarse en el “tú” de la persona querida.
Cuando actuamos bien nos sentimos satisfechos, experimentamos agradablemente que hemos hecho algo bueno. Y ese sentirnos bien nos anima a seguir en el camino justo. Y da una nueva fuerza a nuestras facultades: les permite obrar aún mejor.
Experimentar la dicha de hacer feliz a la persona amada, ¡llena el alma! y anima a seguir así. Y eso es lo que nos hace más felices.
* Otros puntos de apoyo en el amor
Amar no sólo son sentimientos, sino que precisa otros puntos donde anclarse. Los sentimientos van y vienen, son cambiantes y poco objetivos. Hace falta poner cabeza, y voluntad, para demostrar ese cariño, con sentimientos favorables o con menos. Es necesario usar la corteza prefrontal, que es la que pone un punto de pensamiento y control en esos sentimientos y emociones. Que sea la inteligencia la que los dirija, porque muchas veces son como ciclones sin rumbo que pueden arrasar lo que pillan a su paso…
Para conquistar un amor fuerte, duradero, es necesario implicar pensamiento y voluntad de querer. Conocerle bien para quererle, en especial todo lo bueno que posee: esas cualidades y fortalezas suyas. Así la otra persona se sentirá animada a desarrollarlas.
Y profundizar... Pasar de belleza exterior a la belleza interior, del me gustas al ¡te quiero! Hacerlo más y más real. De ahí la necesidad de una voluntad entrenada capaz de querer, de demostrar ese cariño. Así enriquecer la relación con momentos compartidos, conversaciones, tertulias entrañables, momentos juntos con calma…
Para amar se necesita poner en juego todas las facultades personales:
- La inteligencia, para conocer a la otra persona y visualizar hacia dónde queremos ir. Que sea un amor inteligente.
- La voluntad, con la libertad que implica, para concretarlo y hacerlo más real.
- Los sentimientos y la afectividad, porque el amor rebasa las dos anteriores: hay que sentirlo en el corazón, hay que experimentarlo y vivirlo.
Cuando conjugamos cabeza y corazón, con voluntad entrenada, se despliegan habilidades emocionales, la comprensión y empatía, la entrega, el perdón... Todo ello construye la relación.
Pero, con el paso del tiempo ese sentimiento puede ir disminuyendo… Por eso es tan necesario cuidar el amor cada día. ¿Cómo? Trabajando ese amor, custodiándolo, empeñándose uno en querer a la persona elegida, concretando detalles de atención para con ella. Es decir, “construyendo” ese amor, enamorándose cada día un poco más.

Esto se puede hacer de muchas formas. Una, siendo muy ama-ble para que nos puedan querer más fácilmente. Que no tenga que hacer un esfuerzo enorme. Otra, pensando en la otra persona: estudiar sus gustos, ser detallista, estar pendiente, ver lo que necesita para lograr lo mejor de sí. Se trata de ponerla en el centro del corazón, y ayudarle en lo que necesite.
Y es la voluntad la que, además de concretar y hacer real ese cariño, tiene el poder de hacer re-surgir sentimientos aletargados… Cuando el amor se descuida, o está en crisis, es vital tener gestos frecuentes de cariño, aunque pueda doler, para que ese amor madure y pueda crecer. Y esos detalles de atención son los que, con paciencia, harán salir a flote sentimientos positivos de cariño y admiración mutuos.
Amar a la otra persona aporta un crecimiento personal, construye la relación, y hace experimentar esa dicha inefable de hacerle feliz. El amor nos da su luz y su calor, y transforma una casa en un hogar cálido, alegre. Merece bien la pena el esfuerzo por dar lo mejor de uno… pensando en la otra persona.
@mjoseeopt



