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En su infancia tuvo mucho dolor y lo pasó bastante mal.
En ese libro biográfico habla de la serenidad que le transmitía la familia de su madre, pues eran de carácter más constante, con paz y con alegría honda. Felices. Sin embargo, la familia de su padre, eran muy distintos: con altibajos emocionales, desde la ira y el enfado hasta la ternura… Muy emotivos y fluctuantes, poco dados a ser felices...
Su madre falleció de cáncer cuando él tenía 9-10 años, y toda esa serenidad se fue a pique. Además, llegó a tener un poco de recelo respecto a las emociones, con esos vaivenes menos controlables. Y su corazón quedó lesionado con tanto dolor. Añoraba el cariño alegre y sereno de su madre. Con ella, desapareció de su vida la felicidad estable, la serena alegría, y la seguridad. Luego tendría chispazos, o "ráfagas" de alegría, como él las llamaba, pero no esa antigua serenidad que le sustentaba y alegraba.
Y se preguntaba: ¿cómo lograr esa alegría, sentir esas ráfagas de nuevo? Y buscaba rehacer esas circunstancias... Pero no daba resultado. Pensó que sería mejor buscar la causa de ello. Creyó que la alegría sería consecuencia de algo distinto, y es lo que tenía que buscar. Sentía en su interior un anhelo insaciable que no le abandonaba. Quizá por ahí la encontrara…
Él reflexiona: "los libros o la música, en los que pensamos que se halla la belleza, nos traicionarán si depositamos nuestra confianza en ellos: la belleza no estaba en ellos, únicamente nos llegaba a través de ellos, y lo que nos llegaba era la nostalgia". Pensaba: “Sólo son el aroma de una flor que no hemos encontrado, el eco de una melodía que no hemos escuchado"...
En 1914, a los 16 años, lee la obra Phantastes de G. MacDonald, en la cual descubre el romanticismo conviviendo con el cristianismo. Algo increíble. Dirá que esa noche su imaginación fue en cierto sentido bautizada... A pesar de ese "cristianismo", que no le parecía sensato. También leerá por esa época "El hombre eterno" de Chesterton.
En 1926 llega a Oxford y conoce a J.R.R. Tolkien, quien será un gran apoyo. Pronto comienza a sentir gran afecto por él. Y Tolkien a su vez le fascina la mente rápida de Lewis, su generosidad y amistad... Experimentan un afecto constante, serán buenos amigos. En 1927 Tolkien lo agrega a los Coalbiters donde leían sagas islandesas...
En unos años, Lewis, ateo desde su juventud, empieza a crecer en Dios, pues su pensamiento hondo y la búsqueda constante de la verdad lo llevó a decir: "me sentía como un hombre de nieve que empezaba a derretirse"... Y en 1929 ocurre lo inimaginable: el mayor ateo de Inglaterra se arrodilla y reconoce que Dios es Dios.
Y al tiempo percibe que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y se convierte al cristianismo, en parte conversando sobre los mitos con sus amigos.
A raíz de esos pensamientos que iba dando vueltas y esclareciendo, escribe “Mero cristianismo”, y luego sus “Crónicas de Narnia”, a la vez que Tolkien va desarrollando su legendario de historias conmovedoras. Ambos se van relatando y “criticando” sus historias creativas tan espectaculares en el grupo literario de amigos de “Los Inklings”. Y se rescatan de tanto sufrimiento, charlando con una copa entorno a una chimenea…
Más adelante, recibe correspondencia de una escritora y poetisa americana, Helen Joy Gresham, muy sensible y aguda, que sabía muy bien sus escritos. Ella viaja para conocerle personalmente. Se hacen buenos amigos, y se enamoran. Ella le cuestiona todo, le enseña a repensar las cosas. Y le ayuda a querer: a poner el corazón en las personas aunque pudiera sufrir; a tener en cuenta la experiencia personal y los sentimientos. Es decir, a dejarse querer, a pesar de hacerse vulnerable. Al tiempo se casan, primero por conveniencia para lograr la nacionalidad. Corría el año 1956…
Pero pronto llega de nuevo el dolor. Te lo cuento en: "Tierras de penumbra”. Sin embargo, a pesar del sufrimiento, en medio de él, hasta el último momento disfrutaron de estar juntos, estrechamente unidos, y quererse...
Las dificultades de la vida, que nos "acrisolan", también son ingredientes de la felicidad. El dolor señala al amor: la otra cara de la "moneda". Duele porque se ama, pero siempre compensa amar.










