PLASTICIDAD CEREBRAL Y EDUCACIÓN DEL CARÁCTER IV
Conocer los ritmos habituales en los que desarrollan determinadas capacidades y destrezas es bueno para ayudarles a crecer, sin perder de vista la singularidad de cada uno.
2- FASES DE MADURACIÓN
3- ¿CÓMO APRENDEN LOS NIÑOS?, ¿CÓMO SE FORMAN COMO PERSONAS SINGULARES?
4- EDUCACIÓN, HÁBITOS Y PLASTICIDAD CEREBRAL
5- EL CARÁCTER
Desde el nacimiento, el cerebro está en continuo desarrollo y aprendizaje gracias a su plasticidad tan característica.
La información que recibimos a través de los sentidos pasa por el tálamo hacia el cerebro más emocional, el sistema límbico, y ahí adquiere una tonalidad afectiva positiva o negativa, buena o mala. Cada uno percibe la realidad de una manera singular, personal, según su afectividad. Y eso es lo que permite el aprendizaje de lo que nos gusta y percibimos como bueno. Aquí es importante, como vimos con los hábitos, un referente de los padres sobre lo que es bueno o malo. Dicha afectividad también ayuda a experimentar la dicha de hacer lo correcto y de ayudar a los demás, lo cual hace de retroalimentación positiva. Luego, se integra esa información en distintas áreas y se emite una respuesta. Es la denominada respuesta emocional.
Sin embargo, las respuestas emocionales más primarias se pueden modular y educar. Por ejemplo, mediante el pensamiento o con unos buenos hábitos. Así no ser tan impulsivos, o habituarse a pensar antes de actuar. Es lo propio de la persona, que la diferencia de los animales, y lo que va conformando su carácter.
Porque, hacia los 7 años, con el pensamiento más lógico y razonado, las respuestas y acciones se hacen más deliberadas, con libertad, se interiorizan y van modelando el carácter de esa persona. De este modo los hábitos se transforman en virtudes, mucho más enraizadas en algo sólido.
Por otro lado, es bueno plantearse metas altas, tener ideales nobles, aprender a querer a los demás. Eso no “viene” de serie con el temperamento…, aunque sí las características propias de una persona, como son la confianza, el cerebro social y empático, las neuronas espejo... que ayudan precisamente en este cometido, al que nos sentimos inclinados.
Por eso la necesidad de la educación, partiendo de los talentos y características de cada uno, para lograr hábitos y virtudes que aporten autodominio y faciliten el actuar bien, o permitan plantearse retos a más largo plazo. Madurar. También para guiar las respuestas emocionales temperamentales, más impulsivas, poniendo pensamiento. Es decir, pasándolas por la corteza prefrontal, como te cuento en ese artículo. Así, en último término poder querer los demás.
Estos hábitos y virtudes se pueden trabajar día a día con ellos, para ayudarles a pensar con claridad, a tener voluntad, a preocuparse de los demás… En definitiva, para aprender a amar, que eso es precisamente educar.
Los hijos, al ir creciendo y vivir esos hábitos de forma libre se convierten en virtudes: término griego que significa fuerza.
Una virtud es un valor personificado, hecho vida, que da fuerza para realizar esa acción del mejor modo, y además disfrutando. Las virtudes nos capacitan para ser buenas personas y obrar bien. Son disposiciones estables que nos ayudan a controlar las emociones más primarias de forma inteligente, buscando el bien. Esas acciones forman circuitos neuronales más estables, cada vez más rápidos y eficientes, interconectados entre sí, que facilitan el obrar en esa línea.
Y sobre esta base de valores vividos, o virtudes, se pueden asentar otros conocimientos y aprendizajes.
Porque, el cerebro funciona con estructuras y redes neuronales, las cuales se van apoyando unas en otras para adquirir nuevos aprendizajes. Luego es necesario relacionar las distintas cosas en las diferentes zonas cerebrales para su conocimiento más profundo, su recuerdo y evocación. Y tiene mucho que ver la memoria a largo plazo, donde se consolidan las vivencias. No se trata de llenarlo de datos, sino de relacionarlo con lo que ya conoce, en determinada área cerebral, e interconectarlo, y todo sumergido en afectos. Cada vez que se repite una acción o función determinada, los circuitos se van haciendo más pronunciados y fuertes, y facilitan esas acciones.

Es buen momento para enseñarles a pensar antes de reaccionar, autocontrol y dominio personal ante ese mundo hiperemocional que les llega, e ir aprendiendo a encauzar su libertad, con responsabilidad ante sus acciones: la “otra cara” de la libertad que tanto les gusta… Entrenarse en integrar cabeza y emociones, para guiar sus respuestas emocionales. Porque en esta fase, el sistema límbico y el mundo emocional están hiperfuncionantes, pero la corteza prefrontal, con sus capacidades de pensamiento analítico, autocontrol, poder de decisión, está por madurar. Se podría decir que son todo acelerador y poco freno. Y los padres debemos ayudarles en este sentido, desde un segundo plano.
Y la ilusión y el entusiasmo tienen mucho que ver: estimulan nuevas sinapsis, incluso ese estado de “flow” del que te he hablado muchas veces.
Además, las acciones nos van conformando. Toda buena acción nos mejora como personas, y a la vez, nos permite hacer el bien. También sucede lo mismo con las malas acciones… Y es preciso cuidar los hábitos, porque generan conductas, y nos influyen de gran manera en el pensamiento y en nuestra vida, porque van modelando el carácter y la personalidad de cada uno. Y al final, como señala un gran filósofo griego, "somos lo que hacemos cada día"...

Siempre con cariño y confianza, pero sin dejar de exigir lo necesario, para que se construyan como personas. Luego ir dando más autonomía y libertad para que aprendan a conducirse por sí mismos. La que puedan gestionar en ese momento, sin hacer o decidir todo por ellos.
Muchas veces es bueno pararse a pensar cómo nos gustaría que fueran nuestros hijos en un futuro. No solo qué estudios serán más rentables, sino su forma de ser persona, anclada en sus cualidades personales. Y son fundamentales los valores y las virtudes que les vamos enseñado, sobre todo con la coherencia de nuestro ejemplo, para que que luego ellos asuman e interioricen con su propio pensamiento y libertad.
Para todo ello es necesario motivar y seducir con la belleza de esos valores hechos vida… Y el amor es el gran motivador, que además transforma las acciones en virtudes. Por eso el amor es la “forma” de todas las virtudes.
Con una idea genial de Goethe, si tratas a una persona como es, seguirá siendo así, pero si la tratas mejor de lo que es, le ayudas a mejorar… Educar es quererlos un poquito mejor de lo que son en ese momento para estimularles a serlo. Ponerles delante un ideal.
* Plasticidad cerebral y aprendizaje II
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