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jueves, 15 de mayo de 2025

EL CORAZÓN: ENSEÑARLES A QUERER A LOS HIJOS...



                  EDUCAR EL CORAZÓN: CÓMO ENSEÑARLES A QUERER II 




Hemos visto el sistema límbico y la afectividad, y seguimos con este tema tan importante de la afectividad. Estamos al final de la etapa infantil, entorno a los 6-12 años, en la que nos tienen cerca, les transmitimos mucho cariño, disfrutan con actividades, planes en familia, pueden afianzar ya muchas cosas aprendidas, tienen amigos y están predispuestos a querer. Esto es algo que tenemos que hacer los padres: prepararles para el amor auténtico... Y de ello dependerá que sean felices en la vida.


Se trata de educar el corazón, al calor del ambiente de familia, tan entrañable, alegre, lleno de libertad, para que puedan desarrollarse y desplegar las alas...






Apunta el gran humanista Tomás Melendo: “educar es enseñar a amar”. Como la “estrella" que nos guía en la vida para no perdernos en miles de tareas y actividades… quizá irrelevantes. Porque, cada una de ellas nos puede encaminar a querer a los demás, o no... Detenerse y pensar en cada encrucijada de la vida, ayuda a tener un buen rumbo y realinear cuando sea necesario.



Enfocarse en el tú de los otros es vital para aprender a querer. La grandeza de la persona es tal, que puede olvidarse un poco de ella misma para atender a los demás, especialmente en familia, la auténtica escuela del amor, de la gratuidad y la ternura, del cariño. 







Son los padres los únicos capaces de conocer a los hijos, descubrir sus cualidades, y buscar su bien, porque los aman de veras. Y hacen florecer esas potencialidades. Sin detenerse tanto en lo negativo, que no es lo más específico suyo. Y debemos aprender, no sólo a respetar su libertad, sino a fomentarla, aun a riesgo de que puedan fallar…, como nos sucede a todos.


Esto es muy importante, porque quien no es libre no será capaz de amar. Es el último para qué de la libertad: donde se despliega en todo su potencial. Tarea ingente, aunque muy gratificante, pensando en ellos. Todo esfuerzo vale la pena, aunque a veces se “sufra” al ayudarles. Y algo que dejará una huella en su corazón.




Me viene a la cabeza un personaje de Ch. Dickens que siempre se las arregla para encontrar personas bondadosas que le ayuden y saquen de un apuro. Luego su gratitud es profunda... Y es más, con su arte les hace darse cuenta de lo afortunados que son de poder ayudar a otros, y por tanto ser más felices. La amistad es una "joya"...






Dejo los puntos que hemos visto, que enlazo abajo, y vamos con el tercero:


1) Afectividad y sistema límbico

2) Aprender a querer


3) ¿Cómo hacerlo en estas edades?





3) ¿Cómo enseñar a querer en estas edades?



Estando pendientes del corazón y los sentimientos desde muy pequeños, con ese atenderlos cuando lo necesitan, llenarlos de “achuchones” y expresiones de cariño, con el ambiente de hogar tan entrañable, con las relaciones y trato afectuoso entre los padres. Y más adelante, ayudándoles a pensar en los demás… 


El corazón es importante: es el centro y raíz de la persona, y tiene su lenguaje propio, noble, tierno, cálido.


Hay que conocer y valorar los sentimientos y afectos. Contarles algunas cosas que nos suceden para que vayan aprendiendo a manejarse. Hacerles pensar con buenas preguntas: ¿cómo crees que se encuentra esa persona?, ¿cómo se habrá sentido con lo que has dicho, hecho…? Aprender delicadeza en el trato personal.




Ideas para educar el corazón:


1- Momentos de confidencia con cada hijo. Mirar a los ojos, hablar y contar algo de lo que llevamos dentro, sembrar confianza, abrir canales de comunicación para que se puedan abrir, que puedan contar sus inquietudes cuando quieran... Acogerles con cariño, dedicarles el tiempo que precisen.






2- Intentar no hacerlos el centro de atención de todas las miradas, ni cubrirlos de regalos y caprichos, que es lo que sucede con tanta frecuencia. Se hacen muy blanditos... Es preciso encaminarlos hacia los demás, y para ello debemos aprender a hacerlo antes los padres. Ayudarles con nuestro ejemplo y actitud a pensar en "los otros" con miles de detalles cotidianos.


Por ejemplo: ante una salida del colegio, una excursión, un examen, un cumpleaños…, preguntarles algo referente a sus amigos. Valorar más la amistad que la comida, el lugar, o los regalos… a veces tan desorbitados. Que se preocupen de sus amigos, de sus necesidades concretas, de alguno que está triste o solo, y ayudarle. Y no quedarse sólo en sentimientos bonitos, que son buenos y necesarios, sino también concretar gestos y acciones en ese sentido. Eso es querer de veras… y hay que entrenarse y entrenarles día a día.





3- Saber que la afectividad es un refuerzo: nos recompensa ante el bien que hacemos, aunque nos resulte costoso, y nos hace sentir a disgusto cuando algo está mal…


Es decir, hace experimentar la dicha de hacer lo correcto, así como la alegría de ayudar a los demás. Y esto es una buena guía.






4- Por tanto, es importante darles criterios desde pequeños, explicarles lo que está bien o mal, guiarles, para que lo vayan interiorizando y haciendo suyo, y tener un referente a la hora de actuar. Es decir, formar su inteligencia y su conciencia. "Sembrar" buenas ideas, aunque "parezca" que no las entienden: ya florecerán en su cabeza y en su corazón.





Por eso es bueno "poner de moda”, teniendo en cuenta las edades de los hijos, y vivir en familia, unos valores y virtudes como la sinceridad, la gratitud, la alegría, la generosidad, el optimismo… Y algunos más según van creciendo como la fortaleza, la lealtad, el estudio, el trabajo bien hecho, la resiliencia, la responsabilidad, la justicia… la integridad y coherencia, o el valor moral de las acciones, que se interiorizan al final de esta etapa, cuando los anteriores están más hechos vida.


Para ello es necesario trabajar todo esto antes de la adolescencia, y darles muchas oportunidades de llevarlo a la acción. Entrenarse día a día, adquirir fuerza en la voluntad. Así serán capaces de metas atractivas y nobles, y especialmente podrán ser más libres y querer a los demás. 





5- En este sentido, son importantes las tareas del hogar y los encargos: el niño nace con ganas de realizar tareas que le gustan y retan, y de desarrollar su creatividad y habilidades. Se concentra y disfruta, y su cerebro produce neurotransmisores y sustancias mensajeras neuroplásticas como la dopamina, la oxitocina… que hacen que esté a gusto, disfrutando, y pueda aprender. Es el estado de “flow” del que tanto te he hablado. 


Ellos buscan experiencias que desarrollen sus facultades y habilidades. Lo quieren y deben hacer por sí mismos. De este modo adquieren destrezas, fortalecen la voluntad, y aprenden a pensar en los demás, cultivando la empatía tan importante en las relaciones personales. Y se hacen partícipes y cooperadores de la buena marcha familiar.


Van tomando decisiones desde pequeños, construyendo sus gustos, su carácter y personalidad, ganan en autoconfianza y seguridad, y se hacen más responsables, pensando en los demás. Muy necesario para poder amar: la meta más valiosa.


Y tiene mucho que ver el mencionado cerebro empático y las neuronas espejo. Por ahí nos “lleva” la naturaleza, la biología del ser humano. 






6- Estos buenos hábitos operativos que van adquiriendo, a base de interiorizarlos, y sobre todo de forma libre, motivados por el amor, se transforman en virtudes personales. 


Virtud es un término que significa fuerza. Una virtud es un valor personificado, hecho vida, que da fuerza para realizar esa acción del mejor modo, y además disfrutando. Ya lo decía Aristóteles. 


Y esos actos van creando en el cerebro conexiones o sinapsis entre las neuronas, y van formando circuitos neuronales que hacen más estable y eficaz ese comportamiento.





Capacitan para ser buenas personas, y para obrar bien, pues ambos aspectos se retroalimentan. La bondad es la base de un cerebro sano, equilibrado, con armonía. Como dijera el gran L. van Beethoven, “el único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”.




7- De ahí la importancia de crear un ambiente familiar optimista y alegre, atractivo, lleno de cariño y libertad donde crecen las personas. Necesitan sentirse muy queridos, y disfrutar, para desarrollarse bien. 


El optimismo incluso cambia el cerebro de la persona: estimula esas sustancias neuroplásticas, aumenta el flujo sanguíneo en la corteza prefrontal, cambia la epigénética o expresión de los genes… y hace un entorno alegre y amable donde se está a gusto y se lucha por lo mejor de cada uno pensando en los otros.


Y es bueno enseñarles con experiencias positivas, pero también con los aparentes "fracasos", pues brindan nuevas oportunidades de aprender y crecer... y se crece en fortaleza. No hacer niños "blandiblug".





8- Y para todo esto, como decía al principio, es fundamental conocerles: descubrir la singularidad de cada hijo, sus cualidades y fortalezas…, eso propio que hace bien, en lo que destaca, y hacérselo notar para que lo desarrolle. Partir de esas cualidades, y poner toda la atención en fomentarlas. Y no tanto en lo que no tan hacen bien...


Así como enseñarles a ir modulando las respuestas emocionales impulsivas con el filtro del pensamiento. De esa forma van forjando su carácter y personalidad. Te lo cuento en el post  "Plasticidad cerebral IV".


Además, esas acciones van modelando y “esculpiendo” el cerebro, en expresión del gran Ramón y Cajal... Cada uno somos escultores de nuestro propio cerebro.








En definitiva, los padres somos para los hijos ese “faro” que ilumina y ese “puerto” seguro al que siempre pueden volver, hacer acopio de cariño y energía, reponerse, y volver a salir a la brega…







Espero que te haya gustado, puedes comentar y compartir con amigos. ¡Gracias!




Unos enlaces relacionados, por si quieres ampliar:





                                                                     






                                                                       Mª José Calvo
                                                          optimistaseducando.blogspot.com
                                                                      @Mariajoseopt    
    



URL:

https://optimistaseducando.blogspot.com/2025/05/el-corazon-ensenarles-querer-los-hijos.html

sábado, 27 de abril de 2024

ENSEÑAR A QUERER: AFECTIVIDAD Y S. LÍMBICO



            AFECTIVIDAD EN LA ETAPA INFANTIL: ENSEÑARLES A QUERER                                              


El tema de la afectividad es importante para nuestros hijos. Estamos al final de la etapa infantil, entorno a los 6-12 años, en la que ya no son tan niños, pero nos tienen cerca, les transmitimos mucho cariño, disfrutan con actividades que les gustan, con planes en familia, pueden afianzar ya muchas cosas aprendidas, tienen amigos y están predispuestos a querer. 


Es una etapa especial y entrañable base de años posteriores, en los que tenemos menos posibilidades de ayudarles. Lo que no hayamos sembrado y logrado aquí lo echaremos de menos…, y sobre todo ellos.


Estamos diseñados para querer y sentirnos queridos. Es una necesidad afectiva de la persona, ineludible, que nos encamina hacia la plenitud personal, los anhelos del corazón y la felicidad.






Es lo más relevante que podemos hacer los padres por los hijos. Apunta el filósofo Tomás Melendo: “educar es enseñar a amar”. Como la “estrella" que nos puede guiar en la vida para no perdernos en miles de tareas y actividades… 


Por tanto, se trata de educar el corazón, de "forjarlo" al calor del cariño para aprender a amar. Es decir, a pensar en los demás. Enfocarse en metas nobles que merezcan la pena, que agranden el corazón. Y es lo que dará más sentido a su vida.





Dejo tres puntos a modo de índice:


1) Afectividad y sistema límbico

2) Aprender a querer


3) ¿Cómo hacerlo en estas edades?









1) Afectividad y sistema límbico


Toda la realidad la percibimos teñida del “color” de nuestros afectos, con tonalidad entre dos polos: agradable o desagradable, positiva o negativa, animante o llena de melancolía… Y los sentimientos y emociones son importantes, pues nos ayudan a querer a los demás.



Desde las primeras etapas del niño, la relación con el tú de la madre, del padre, la em-patía y la sim-patía con ellos pone los cimientos de su afectividad.  Aprende a usar las "neuronas espejo" gracias a sus padres, que le acogen con cariño, le atienden, se acercan, especialmente si se encuentra mal, le abrazan, le sonríen, le escuchan, le cuentan, le cantan…, reflejan mil sentimientos en su rostro, le muestran ternura. Algo que no debemos olvidar, pues es el lenguaje íntimo y “secreto” del corazón. Todos lo necesitamos.







La em-patía, tan manida a veces, significa ponerse en el lugar del otro para intentar sentir lo que él siente. Y la sim-patía es un paso más. Etimológicamente significa entrar en sin-tonía con el corazón del otro, de la madre, del padre, de los hermanos, y vibrar juntos… Sintonizar corazones.


Los niños aprenden todo a través de la mirada de los padres, del rostro, de su cariño, de su sin-tonía.


Y captan la realidad que les rodea por los sentidos y facultades personales, pero en todo eso influye la afectividad, de manera que cada persona lo percibe un poco según su forma de ser...




                              





* Estrato anatómico


El estrato anatómico de las emociones y la afectividad es el sistema límbico, sobre todo la amígdala, con sus conexiones a otras zonas, tanto aferentes o de entrada, para percibir, como eferentes o de salida para responder. 


Tener en cuenta que, este sistema madura antes que la corteza prefrontal y el aspecto cognitivo, pensamiento reflexivo... 


Recibe la información que le llega desde los sentidos, externos e internos, imaginación, cogniciones, recuerdos..., y la procesa. 


También conecta con otras áreas corticales: sensoriales, visuales, auditivas, del lenguaje…, de asociación, premotoras y motoras, para percibir, sentir, integrar y ser consciente de ello, y luego dar una respuesta a lo percibido o sucedido. 


Aunque en situaciones de urgencia vital se puede responder más rápidamente sin conectar con la corteza, pero, prescindiendo de esa reflexión.







* La afectividad y las relaciones personales


La afectividad nos une, construye lazos, relaciones, y es muy importante para aprender a querer a los que tenemos cerca. Especialmente en familia.


Tenemos un cerebro empático y social. Las relaciones personales son vitales para el buen desarrollo, así como el apego en los bebés, o el sueño para reparar sistemas y consolidar aprendizajes. 


Las buenas relaciones de convivencia estimulan la secreción de sustancias neuroplásticas que ayudan al bienestar personal, como la oxitocina, con la confianza que aporta, la dopamina y el placer, o, los opiáceos endógenos. Todos ellos ayudan a tener buena salud a todos los niveles, tanto corporal como mental.





Esa empatía y sintonía en los primeros años, con la necesidad del encuentro con el tú de la madre, del padre, son imprescindibles. Así van descubriendo su propia identidad, en la relación y resonancia con la otra persona. 






En el desarrollo también influyen los genes, aunque no son tan determinantes como se creía, e interaccionan con el entorno. Es la llamada expresión genética o epigenética. Se ha visto que dichos genes no están diseñados para la prevalencia del yo, como pensaban algunos en plan egoísta, sino para la cooperación y comunicacion con los demás, para las buenas relaciones.



El niño, o no tan niño, por su naturaleza, tiende a ayudar, a la comunicación con otros. Esto lo han investigado algunos autores, como Michael Tomasello. A veces incluso puede hacerlo con personas en dificultades que ni siquiera conoce… Estamos diseñados así, para conectar y relacionarnos. Nuestra naturaleza tiende a esas relaciones tan humanas, a la cooperación con otros. Y disfruta con ello. También su cerebro, que "funciona" mejor, con el despliegue de esas sustancias portentosas.


Por eso qué importante que los padres vayamos en esta línea...






De este modo tan delicado y “escondido”, la naturaleza nos va llevando hacia los demás, y hacia la plenitud en cuanto personas, muy relacionada con esas relaciones, la amistad, y la capacidad de querer tan maravillosa y específica que tenemos los seres humanos. 



La persona se trasciende a sí misma, y encuentra sentido más allá de sí misma. Basta recordar al doctor Viktor Frankl, con su descubrimiento del poder del sentido de la vida y la logo-terapia, sanadora, o a Elisabeth Lukas, con ese “toque” del amor, junto con la actitud personal, que tienen el poder de cambiar la realidad a mejor.









  

2) Aprender a querer


El corazón es importante: es el centro y raíz de la persona. Cada uno "vale" lo que vale su corazón, y "pesa" lo que ama.


Apunta Charles Dickens: "El corazón humano es un instrumento de muchas cuerdas; el que lo conoce las sabe hacer vibrar todas, como un buen músico". 


Y Pascal nos dice: el corazón tiene sus razones, que la razón no entiende...


Además, J.H. Newman sabe que "el corazón habla al corazón", pues tiene su lenguaje propio, noble, tierno, directo y cálido.





En esta etapa es el momento especial en el que los niños aprenden a querer, gracias al cariño que van recibiendo en familia, y a ese referente de los padres que les da fuerza y les guía. Este aprendizaje es de gran relevancia, y necesitará desarrollarlo a lo largo de su vida. 


Saber amar a los que tenemos cerca es fuente de plenitud personal, y como consecuencia de dicha y felicidad. Y hay que experimentarlo.


Toda la vida se expresa y cobra sentido por el cariño que damos y recibimos. Es lo que siempre "queda".



El que nos vean a los padres bien unidos es fundamental en su buen desarrollo como personas. El cariño recíproco, la forma de tratarnos, la alegría, la ternura y elegancia… ahí aprenden a hacerlo ellos mismos. Necesitan sentirse inmersos en ese amor de los padres, origen de su vida y de su desarrollo. Merece mucho la pena que dediquemos tiempo, pensamiento, y los mejores esfuerzos para concretarlo y hacerlo vida. Primero pensando en la propia pareja, pero también para ayudar a nuestros hijos en este tema de tanta relevancia.



Es la edad propicia para las conversaciones con ellos en confidencia, para mirar a los ojos y dialogar de tú a tú, abriendo el propio corazón, contado sentimientos y anhelos, y creando un clima de confianza para que ellos se puedan “abrir” cuando lo deseen.


En estas etapas se desarrolla la zona cognitiva y sobre todo emocional, gracias a algunas áreas de la corteza, y al sistema límbico, relacionado con las emociones, la afectividad, el aprendizaje y la memoria. 





Su pensamiento pasa de ser mágico en los primeros años, a más lógico y razonado, hacia los 7 años, y las respuestas y acciones se hacen más deliberadas. Se interiorizan y van modelando el carácter. 


Cada vez cobra más relieve la libertad… y la dimensión espiritual y afectiva de la persona. Es decir, su “afectividad tierna” que llama D. von Hildebrand, y su intimidad. 


Y esos hábitos conseguidos desde pequeños se transforman en virtudes, al realizarlos con libertad personal. En ellas siempre se encuentra alguna dimensión del amor, lo cual les da relevancia y belleza.





La persona es tan grande que está “diseñada” con un corazón para amar. Y la afectividad es un refuerzo de sus capacidades, que ayuda a querer, pues hace experimentar la dicha de hacer felices a los demás. 



Los padres, con nuestro cariño y vida coherente, hemos de estimular y fomentar esa predisposición natural. Estamos sembrando la base de su cerebro y atendiendo a su corazón, algo con gran trascendencia, que necesitará y agradecerá toda su vida. Si no, esa carencia la irá “arrastrando”…



Decía la doctora María Montessori: “Sembrad en los niños ideas buenas aunque no las entiendan; los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento, y hacerlas florecer en su corazón.” 



¡Siempre cabeza y corazón! Ya lo sabían los clásicos griegos: Aristóteles, Platón... Es necesario que el conocimiento vaya "de la mano" con las virtudes y el corazón. Así lograr un desarrollo armónico de la personalidad. 





Porque, al final, una persona que sabe amar es muy feliz, mientras que si sólo lo hace cuando le conviene no podrá serlo tanto... Con palabras de Melendo, "la felicidad es directamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras". 


Estas edades hay que enseñarles a manejar "el timón" de su vida, para que vayan teniendo capacidad de autogobierno personal y sean capaces de retos nobles, con corazón.






Dejo el tercer punto para otra entrada: cómo concretar esta capacidad de querer...




Espero que te haya gustado, puedes compartir con amigos. ¡Gracias!




Unos enlaces relacionados, por si quieres ampliar:









                                                                       Mª José Calvo
                                                          optimistaseducando.blogspot.com
                                                                      @Mariajoseopt    
    



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