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viernes, 17 de mayo de 2019

UNA CARTA INÉDITA...




                       LA CARTA DEL GENERAL CHARLES DE GAULLE


Queridos lectores, hoy tenemos un autor invitado, que nos escribe en su blog, "Dame tres minutos", ¡porque le importamos...! Gracias José Iribas por tu dedicación y tu blog tan interesante, lleno de buenas ideas para repensar y compartir. Y encantada de tenerte en este pequeño espacio tan familiar y "optimista"... Os dejo con él.


Estimado lector: este es un post de cierta ficción, basado -eso sí- en hechos bien reales que se entreveran con unos pocos de pura creatividad.

Reproduzco, para ti, una carta imaginaria que el general de Gaulle nunca escribió a su hija… pero pudo haberlo hecho.



Mi querida hijita Anne
Te escribo esta carta que estoy seguro entenderás desde el cielo.
Quiero repetirte esas cosas que te susurraba cuando te tenía sobre mis rodillas o -ya algo mayor- al estar a tu lado.
Y pretendo compartir contigo alguna cosa más.

Era yo aún comandante, destinado en Alemania allá por 1927, cuando tu madre me anunció con gran alegría que te esperaba. ¡Que te esperábamos!
No eras ni la primera ni la segunda de nuestros hijos, pero nuestra ilusión ante ese nuevo regalo estaba intacta. Cada vida es un milagro

Naciste en una fecha especial: el primer día de enero de 1928.
Año nuevo, vida nueva, dicen. Y, aunque tú ya vivieras en el seno materno desde nueve meses atrás, mamá acababa de darte a luz. Fue un parto duro, complejo. Con final muy feliz, muy hermoso, eso sí: ahí estabas tú, nuestra pequeña Anne.


Dicen que Dios escribe derecho sobre renglones torcidos… Aunque quizás seamos los hombres, desde nuestra limitación, los que veamos torcido lo que no lo es.
Lo cierto es que sobre esos renglones de la página de nuestras vidas… mamá y yo no tardamos demasiado tiempo en “leer”, en conocer -con dolor, con frustración y… con mucha incertidumbre- que (así nos lo confirmaron) padecías un grave retraso mental.


La noticia nos hirió como si una espada de afilada hoja nos atravesara; un sudor frío me recorrió todo el cuerpo; se me heló la sangre. Tuve miedo (y no soy, precisamente, hombre timorato). Miedo.
Las preguntas, los porqués y nuestras inseguridades brotaban a borbotones: ¿qué sería de nosotros? ¿Qué de ti, en tu fragilidad, cuando ya no estuviéramos para cuidarte? ¿Quién te atendería, quién te abrazaría?

Tu situación, diferente, nos supuso una llamada de atención también especial.
Es verdad que a todos los hijos se les quiere igual, pero de manera diversa: Philippe y Élisabeth, mayores que tú, podrían volar solos… pero tú tenías una alita rota… para siempre.
Por ello, sin duda, sacaste de mí mi mayor ternura y atención.

Ostentara el cargo que ostentara, siempre encontraba un hueco en mi agenda para lo verdaderamente importante. Y en él, te contaba cuentos, te cantaba canciones populares… dedicándote (dedicándonos), día sí, día también, un buen rato de mi escaso tiempo. Para que te sintieras querida, feliz, dichosa; porque eras tan amada…

¡Cuántas veces intentaba hacerte reír! O, al menos, que esbozases una sonrisa más, y otra… Esa sonrisa inocente que tanto te adornaba.

Cuando rememoro esos momentos en que te miraba a los ojos con pasión de padre, en que te abrazaba, constato con claridad cómo el amor que te ofrecía volvía a mí, multiplicado exponencialmente.
¿Recuerdas esa canción, nuestra canción, la que decía “pintar al óleo es más difícil pero más bonito que a la acuarela”?


No sé en realidad qué actividad, qué pintura, es más compleja. Pero, aparentemente, esa era la que nos había tocado contigo. Y esa, precisamente esa -aunque alguna vez pareciéramos ignorarlo-, era de la máxima hermosura.

A lo largo de los años hiciste brotar lo mejor de nosotros: sacar nuestra mejor versión, los mayores y más humanos sentimientos…
Nos enseñaste a distinguir lo valioso, lo verdaderamente precioso, lo importante, entre tanta vanidad de vanidades. ¿Cuánto valía un beso tuyo? ¿Cuánto una caricia, una simple mirada? ¿Cuánto tu inocencia? ¿Y tu fragilidad?

Como le comenté a mi capellán militar en una ocasión, “para mí, Anne ha sido una gran prueba, pero también una bendición. Es mi alegría y me ha ayudado mucho a superar todos los obstáculos y todos los honores. Gracias a Anne he ido más lejos, he conseguido superarme”.*

Confesé, también, a Jean Lacouture, mi primer biógrafo (ahora quiero que lo sepas tú) cómo sin ti nunca hubiera hecho todo cuanto he podido hacer. Me diste -le subrayé- el corazón y el espíritu.

Me hiciste comprender el mundo, hijita mía. Aportaste un sentido profundo a mi vida. A nuestras vidas. Nos hiciste sentirnos felices -y agradecidos- de que el buen Dios nos hubiera escogido para ser tus padres.

Cuando -recién habías cumplido los veinte años- Él te llamó a su lado, se me cruzaron todos estos pensamientos y otros más: recuerdo cómo, al poco de darte sepultura, no pude menos que volverme a tu madre para compartir con ella que, allá en la Gloria, “ya eras como los demás”. Igual que todos. Sin distinción.

Y hago también memoria de cómo compartí, con mi buen amigo Schumann, mis sentimientos: mi amor paterno. Mi amor eterno.

Hoy, tus restos reposan en un cementerio, al pie de una sencilla cruz. Allí, donde espero que me den tierra cuando alcance el final de mis días; pegado a ti, por si cupiera contarte historias o cantarte canciones populares. Canciones como esa que dice que… la pintura más difícil es también la más hermosa. Allí espero, también, descansar un día junto a tu madre, que tanto te quiso.

Acabo ya, mi querida hijita. Y lo hago dándote cuenta de un hecho real -para mí muy significativo- que quiero que quede manuscrito aquí, de mi puño y letra; por si alguien -además de ti- un día accede a esta carta:

Era un 22 de agosto, el de 1962, cuando estuve en un tris de ser víctima mortal de un atentado.
Una bala asesina se topó entonces, justamente, con el marco de una foto tuya. La fotografía que siempre -siempre- llevaba conmigo y que ese día… había colocado justo a mi lado, en un estante posterior del vehículo en que era conducido. Hasta en eso, hasta en eso, fuiste mi ángel, mi pequeña. Un ángel de la guarda.

No lo olvides, mi querida Anne; y que no lo olvide nadie que pase por nuestro trance: La peinture à l’huile c’est plus difficile, mais c’est plus beau que la peinture à l’eau.

Eras -y eres- especial. ¡Nos liberaste hasta de la preocupación de pensar qué sería de ti cuando nosotros faltáramos!

Tengo claro ahora que Dios escribe derecho sobre renglones… derechos.

Un beso grande de tu padre que te quiere y te querrá. Siempre.
Charles

Así concluye la carta.

Y yo lo hago lanzándote una pregunta: ¿Cuántas personas frágiles (de cualquier edad), avecillas con las alitas quebradas, has visto cómo colman y dan sentido pleno a la vida de algún conocido, amigo, familiar?

Si te ha gustado esta historia, te invito a difundirla. Harás bien.

* Jonathan Fenby: «El general Charles de Gaulle y la Francia que salvó»



Mil gracias José por esta historia tan enternecedora y "real". Cada uno nos la podemos aplicar en nuestro ámbito, para luchar por dar lo mejor de nosotros al ver personas frágiles con sus "alitas rotas"..., o, no tan frágiles. La compasión hace el mundo más humano, y nos ayuda a mostrar empatía y ayudar a los demás. Que para eso estamos en este planeta. 

Como decía un amigo, "el dolor y el amor se unen en las fronteras de la misericordia." Al final, todo se arregla, tenemos un ángel de la guarda más en el cielo, y cuánto bien se ha propagado a su alrededor.

Espero que os haya gustado, y de nuevo gracias a José, nuestro invitado.





Dejo algún post relacionado:




                                                   

 




 * ¡No-te-rindas


 * Alegría-y-buen-humorcon ideas de C. S. Lewis  

 



                                                     

Mª José Calvo
                                                                                                                          @Mjoseeopt





URL: 
https://optimistaseducando.blogspot.com/2019/05/una-carta-inedita.html

miércoles, 28 de noviembre de 2018

¿QUÉ HACER CON EL SUFRIMIENTO?




                                   ¿QUÉ HACER CON EL SUFRIMIENTO?


       
Toca un post un poco profundo... Es algo que he repensado mucho, y aprovecho esta ocasión para compartirlo. Los que me conocéis sabéis muy bien el porqué... Sin embargo debemos ser optimistas: al final ¡¡siempre vence el amor!!

      
El dolor es un misterio. No lo entendemos. Nuestra naturaleza nos impulsa a evitarlo, pero siempre aparece de alguna forma: la vida conlleva sufrimiento. Y el amor a las personas queridas a veces también hace sufrir… Cuanto más amamos nos hacemos más vulnerablesnos exponemos a sufrir más por amor. 



     
No se puede evadir siempre el dolor por tantas situaciones que no controlamos. Entonces, ¿cómo afrontarlo para que no nos desanime o destruya?

       
Hay veces que nos permite hacer un alto en el camino, reflexionar sobre lo importante de nuestra vida, y no tanto sobre lo inmediato que reclama la atención. Porque solemos llevar una vida demasiado activa, y con frecuencia no nos paramos a pensar en los porqués de las cosas, ni a priorizar bien. De esta forma, ante un dolor inesperado, lo trivial cede paso a lo importante y nos pone en predisposición de pensar.

Un gran escritor, C.S. Lewis, reflexionaba mucho sobre este tema, porque en su infancia tuvo mucho dolor. Usaba una metáfora muy gráfica: decía que somos como “bloques de piedra” en los que el escultor” trata de sacar una obra maestra, una persona humana singular. Única. Los golpes del cincel, que tanto daño nos hacen, también permiten que seamos más perfectos, y nos ayudan a crecer y madurar.
                             

     
Tuvo una experiencia de sufrimiento inmenso cuando era niño. Sus padres murieron de cáncer, y eso le dejó una huella muy marcada. 

En su libro autobiográfico: "Cautivado por la alegría", habla de la serenidad que le transmitía la familia de su madre, pues eran de carácter más constante, con paz y con alegría honda. Felices. Sin embargo, la familia de su padre, muy emotivos y fluctuantes.


Su madre falleció cuando él tenía 9 años, y toda esa serenidad se fue a pique. Añoraba el cariño alegre de su madre. Con ella desapareció de su vida la felicidad estable, la serena alegría, y la seguridad. 


Ya un poco mayor, conoce a Joy Gresham, una escritora americana, poetisa y muy perspicaz, y pronto se enamoran. Al poco tiempo a ella le diagnostican un cáncer avanzado.
        
Queda muy bien reflejado en “Tierras de penumbra”, de Richard Attenborough, con Debra Winger y Anthony Hopkins como el profesor Lewis. 

         
Ella irrumpe en su vida como algo inesperado, a la vez que alegre y desafiante. Le cuestiona todo lo que él daba por sentado y repetía en sus conferencias. Le hace repensar su vida y sus convicciones.

Se ve muy bien cómo Joy le enseña a amar. Le ayuda a que se deje querer, porque se había creado una “máscara" de protección debido al dolor de su infancia. Había optado por la “seguridad”, por guardar su corazón, y no tanto por el amor hacia otras personas. Había organizado su vida para que nadie le afectara, sumergido en una existencia cómoda en la Universidad y concentrado en sus clases, sus conferencias y sus libros.

      
Se hacen muy amigos, conversan en profundidad, y se casan. Al principio un poco por conveniencia, para facilitarle los papeles de inmigración. 

        
Ante el diagnóstico duro e inesperado pasan mucho tiempo juntos, y al final se unen ante Dios y ante el mundo. Ella le va hablando de multitud cosas. También de su muerte. Le dice que no le quita felicidad, sino que lo hace más “real”. Le explica que el dolor que le produciría entonces forma parte de la felicidad de ese momento en el que estaban disfrutando de un viaje por la campiña inglesa. Que ambas realidades están unidas: “¡ese es el trato!” 

El dolor no viene solo, también forma parte de los momentos felices... Nos duele porque amamos. El dolor habla del amor, remite a él.

      
Él la acompañaba, y no podía soportar ver sufrir de ese modo a alguien a quien quería tanto. Entonces eligió el sufrimiento, no la seguridad. Supo que merecía la pena amar, sin endurecer el corazón, a pesar de poder sufrir lo inimaginable: "los tormentos del infierno".

     
Al poco tiempo ella murió, y él, roto de dolor, se hacía más preguntas: ¿por qué el amor, cuando lo pierdes, duele tanto? Ya no tenía respuestas como antes, ya las ideas no servían. Sólo quedaba la pregunta esencial del sentido de la vida. Sólo tenía vivencias. Y la experiencia ¡es una dura maestra!




      
Más tarde, pensando sobre ello, escribe: “Nunca se encuentra uno precisamente con el Cáncer, o la Guerra, o la Infelicidad. Solamente se encuentra uno con cada hora o cada momento que llegan. Con toda clase de altibajos: cantidad de manchas feas en nuestros mejores ratos y de manchas bonitas en los peores. No abarcamos nunca el impacto total de lo que llamamos “la cosa en sí misma”. Pero es que nos equivocamos en llamarla así…

     
Es increíble cuánta felicidad y hasta cuánta diversión vivimos a veces juntos… Qué largo y tendido, qué serenamente, con cuanto provecho llegamos a hablar aquella última noche estrechamente unidos”.


    
Forman las “dos caras” del amor: de ese binomio del amor y del dolor. No se puede amar verdaderamente sin sufrir, pero por otra parte, el amor se hace más patente en el sufrimiento. 

       


Por eso se dice que el dolor es la “piedra de toque del amor”, donde se nota más claramente que se ama. Como decía un gran pedagogo y amigo, "el amor y el dolor se unen en las fronteras de la misericordia". Pero, hay que saber unir esas dos realidades para que el dolor cobre sentido y no destruya. Y para que el amor aporte su fuerza y energía, dando sentido. 


    
Porque, como señalara Viktor Frankl, cuando se tiene un porqué se puede soportar cualquier cómo...



      
Acabo de releer algunos libros impresionantes y profundos de C. S. Lewis: "Los cuatro amores", precioso, que por supuesto recomiendo, "Cautivado por la alegría", y “El problema del dolor”. Anoto alguna idea maravillosa de éste último que me llama la atención y nos puede ayudar en momentos dolorosos y grises.


     
* La primera es que Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor. El dolor es su megáfono para despertar a un mundo sordo.






Muchas veces, ante un dolor que nos llega es necesario cambiar el “chip” para que no nos afecte de un modo que nos hunda en la más profunda sima. En vez de ver todo lo negativo que conlleva, que salta a la vista, saber descubrir lo bueno que nos puede aportar, si sabemos mirar con una mirada profunda, serena y optimista, aunque real. 


En lugar de quejarnos y lamentarnos de sentirnos desdichados, aprovechar lo que nos brinda para mejorar como personas. Ver todo lo positivo que subyace tras su velo oscuro o deprimente…





      
* Algo bueno, por ejemplo, es que estimula la compasión en las personas cercanas, y les ayuda a pensar en los demás. A descentrar pensamientos y sentimientos del poderoso “yo”, que siempre atrae con fuerza una y otra vez… a modo de imán, pero que no nos engrandece como personas. Así, nos torna empáticos, y hace el mundo más comprensivo y humano.


      
* Ante el sufrimiento, también podemos buscar un sentido y acudir a Dios para pedirle ayuda. Y muchas veces nos sentimos confortados. La espiritualidad y la trascendencia es como una "hoguera" que nos da su luz y calor en todas las circunstancias, muy en especial en los momentos duros... 

        
Señala Lewis, Dios quiere que seamos capaces de amar y ser amados, y para ello en ocasiones nos da el "don" del sufrimiento.
         
Pero, con frecuencia, cuando cede ese dolor volvemos a "nuestros juguetes rotos”… 

      

      
* De todos es conocido que las personas que han tenido dificultades y han sufrido en la vida suelen tener gran belleza interior. Aunque otras se vuelven más rebeldes… El quid está en cada uno: en cómo afronta ese dolor, y en qué sentido le da. 
       
Muchas veces, “el dolor quita el velo de las apariencias y coloca la bandera de la verdad en la fortaleza del alma rebelde.” Y la verdad nos hace más humildes, más realistas, damos importancia a lo de veras importante, y nos dejamos de trivialidades, egoísmos y caprichos tontos…




     
Acabo con una metáfora... Como el buen vino, las personas podemos mejorar con el tiempo, si ponemos empeño en dar lo mejor de cada uno, si nos preocupamos de los demás y ponemos cariño en las personas que tenemos cerca. Muy en especial en la propia familia. Más en especial si están sufriendo... Y un dolor inesperado encontrado en el camino nos puede ayudar. ¡Habrá que aprovecharlo!


Dejo un corte de la película "Tierras de penumbra", preciosa, de Richard Attenborough, de la productora Savoy Pictures, Spelling Films, y Price Entertainement, por "decine21", espectacular.






     
Espero que te haya gustado. No estamos acostumbrados a tocar estos temas, pero viene bien pensar en ello de vez en cuando... Aprenderemos a valorar más lo que tenemos, a ayudar a cuantos sufren por muchas causas.


Dejo la segunda parte para otra entrada...



Con estos temas relacionados con el dolor y la Semana Santa, recomiendo la película de "El hombre que hacía milagros", de animación, preciosa y entrañable, con música encantadora. 

Y para adolescentes y adultos también "La Pasión de Cristo" de Mel Gibson, protagonizada por Jim Caviezel. La película fue rodada en Italia. Posee una peculiaridad: está en latín, hebreo y arameo, con subtítulos, para recrear mejor lo que aconteció. Fue candidata a tres premios Óscar, y ganó veintidós premios cinematográficos.

   

                                                                                 
                                                                                   
Mª José Calvo                                                               
optimistas educando y amando
@Mjoseeopt



Algunos enlaces relacionados: 


Alegria-y-buen-humor (con ideas de Lewis)







 
            
 * 7-tips-para-cuidar-el-amor 
                                                                                



URL:
https://optimistaseducando.blogspot.com/2018/11/que-hacer-con-el-sufrimiento.html


viernes, 25 de mayo de 2018

CRECIMIENTO PERSONAL

     

                   "FACTORES DE CRECIMIENTO" PERSONAL



            
La grandeza de la persona hace de ella algo singular y muy valioso. Por naturaleza, la persona es creatividad, abundancia, exceso de ser, fecundidad, generosidad. Es tan grande que puede mirar más allá de sí misma y pensar en los demás. Y precisamente en ello encuentra su mejor personalidad, y su plenitud como persona. Y como consecuencia también la felicidad.


         
La familia es el espacio de intimidad donde nacen y se desarrollan las verdaderas relaciones humanas, donde surgen vínculos afectivos que estrechan las relaciones. El lugar donde se aprende a tratar a los demás, a comprender, a ayudar, a vivir el cariño, la empatía y la inteligencia emocional en su mejor sentido. Y donde se guardan gratos recuerdos porque están sumergidos en afecto del bueno..., que nos acompañarán el resto de la vida dando su fuerza y empuje. Y dejarán una huella indeleble en los hijos.





        
Cada persona crece humanamente con el alimento de la verdad, es decir, la realidad objetiva de las cosas, y con el bien, su mejor forma. Decía Aristóteles que conocer es captar la realidad. 

Y todo ello rezuma belleza, que se percibe a través de la sensibilidad y la afectividad. Hay que descubrir todo lo bello que nos rodea para saborearlo y fomentarlo. Y la familia es el ámbito natural específico para ello: "el santuario del amor y de la vida..."




        
Por otro lado, cada uno es familia y hace familia. Necesita recibir cariño y darse a los demás para ser una persona cabal. Somos seres relacionales, "seres de aportaciones", como expresara Oliveros F. Otero, y en ello encontramos felicidad sin buscarla.        


       
Para crecer y desarrollarse bien, cada persona necesita un ambiente con varios factores imprescindibles: el amor, la confianza, y la libertad. Muy en especial nuestros hijos, que están por "construirse" como personas más plenas y maduras, por formarse. Sabiendo que, nunca se acaba uno de formar: esa es parte de la grandeza de cada persona. Su enorme plasticidad neuronal y capacidad de mejorar hasta límites insospechados, con los motivos adecuados..., y lucha optimista. En cada uno hay más de lo que piensa o cree. Pero hay que sacarlo a la luz.




      
Este desarrollo personal, como sucede en todo lo vivo, es siempre desde dentro hacia afuera, como ya señalara G. K. Chesterton, y muchos otros. En los niños, respetando sus ritmos naturales, esos momentos más sensibles en los que aprenden determinadas cosas de su desarrollo, si se lo permitimos. 




Vamos a analizar estos factores:


1) *La confianza

La confianza es imprescindible para tener la libertad de ser quienes somos. Aporta seguridad: s
in ella no se puede ser uno mismo, ni desarrollar lo mejor que hay en el interior de cada persona. Confiar es ¡permitirlo...! Y esto, a cualquier edad. Mucho más si cabe en los niños.





2) * Otro factor importante: el amor

Es necesario que cada persona se sienta de veras querida. No solo que la quieran. Una mirada de cariño ayuda a descubrir sus cualidades singulares, sus fortalezas, sus anhelos más profundos, aquello en lo que destaca..., para hacérselo notar y que lo pueda desarrollar. 





       
Solo el buen amor es capaz de percibir esa riqueza y grandeza de cada uno... La persona necesita ¡ser mirada con cariño! para descubrir y desplegar toda su maravilla y potencialidad. Una flor, y mucho más una persona, se marchita si no es "regada" con una mirada de cariño...




Para ello es fundamental el silencio interior: para conocerse y estar en la propia morada interior, para conocer a los demás, para descubrir esos talentos personales..., agradecerlos y hacerlos crecer.
                     


3) * Otro factor: la libertad

Si uno no tiene libertad no puede volar. Necesitamos esa libertad para ser a fondo quienes somos, cada uno con su singularidad. Así poder desplegarla, volar alto.

Es preciso fomentar la libertad de los hijos de forma positiva, es decir en la dirección adecuada. Educar en libertad es enseñar lo que está bien, o mal, desde bien pequeños. Que lo vayan interiorizando y viendo en nuestra conducta coherente. Puedes ampliar en el post "educar en y para la libertad".

Aunque el primer día no les vamos a lanzar donde se pueden hacer daño... Educar es un proceso gradual de autonomía y libertad, que conlleva autodominio personal para aprender a conducirse y ser responsable. Autogobernarse. Te lo cuento en el post "autogobierno personal". 

Y, en último término, la libertad es necesaria para aprender a amar. Es el medio, y donde alcanza su mayor despliegue, en el amor.




         
Para lograr todo esto, con pequeños encargos, gestiones y colaboraciones, confiando y delegando más y más en ellos, para seguir dando otras responsabilidades mayores cuando van creciendo. Se trata de ir enseñando a "manejar el timón" de su nave, y "soltar amarras" para que puedan pilotar su vida con libertad. Dándoles buenos referentes, iluminando un sendero, estando ahí para lo que necesiten... Confiando.

Si quieres ampliar sobre preadolescentes: "Enseñarles a manejar el timón", y adolescentes: "Soltar amarras".





              
Por tanto, a mayor confianza y libertad, mayor responsabilidad por parte de ellos. Tienen que aprender a alcanzar unas cotas con su comportamiento. A veces lo lograrán y otras no. Sin olvidar que, la libertad siempre debe ir de la mano de la responsabilidad. Y estimulamos su comportamiento responsable cuando confiamos y los creemos capaces de algo grande. 

Y a mayor responsabilidad, mayor libertad, para que puedan apostar por grandes retos, por ideales valiosos y nobles. Siempre esperando lo mejor de ellos, y animándoles a que vuelen alto...





            
Resumiendo, el factor quizá más importante, e imprescindible para crecer y madurar, es el amor. El sentirse de veras querido por los que le rodean. En concreto, y para los hijos, el amor recíproco de los padres que se derrama eficaz hacia ellos, y es el artífice de su formación y maduración como las personas singulares que son. Ya lo decía Tomás de Aquino con su gran sabiduría.





            
La confianza y el cariño son como “el horno” donde se "cuece" la mejor personalidad de cada uno. Así les permitimos ser ellos mismos, porque les damos nuestro "calor" del bueno, y ese amor descubre toda la riqueza interior, y les permite lograr lo mejor de sus posibilidades y cualidades al sentirse entrañablemente queridos.




           
Si enlazamos todas estas posibilidades, tenemos una "confiada libertad responsable", necesaria para aprender a vivir y a querer a los demás. Poner el corazón en lo que realmente vale la pena, en quienes tenemos cerca en familia y debemos querer. Porque, al final, sólo contará el amor, recibido y entregado...

          
Por eso, para que una persona se "construya" necesita recibir todo el cariño en familia, muy especialmente en la infancia. También a cualquier edad... Por otra parte, para mejorar, necesita darse. Cada uno crece según cómo ama... Mucho más cuando esa persona tiene más posibilidades de querer, cuando más madura y plena es. Entonces necesita mucho más darse.



       El amor es el modo de ser, y de hacer, 
todo lo que estamos llamados a ser
nuestra mejor personalidad.


       
El que ama mucho y bien se desarrolla mejor, logra su mejor "versión", y su plenitud como persona. Y como consecuencia de esa plenitud, es más feliz. 


              

   

Siempre con optimismo, "resello" de este blog, tan importante para descubrir y apuntar a lo mejor..., que da fuerza, ánimo y motivación para luchar por metas altas, con corazón. Incluso cambia nuestro cerebro: estimula sustancias neuroplásticas, aumenta el flujo sanguíneo en la corteza prefrontal, cambia la epigenética o expresión de los genes… Pone ilusión y entusiasmo en la vida.



         

¿Cómo concretar esto en el día a día de nuestra familia? 

Pues fundamentalmente con nuestro ejemplo, coherencia y cariño. Con la huella que vamos dejando con nuestro actuar: somos su referente y sus modelos en todo momento. No dejan de observarnos, y ¡nos "copiarán"! También en la forma de mostrar el amor recíproco de los padres, origen y fuente de su desarrollo personal.

                 
Por ejemplo, se fijan en cómo tratamos a los demás, en la educación y buenos modales, en el optimismo ante las dificultades, en la empatía hacia los sentimientos de otros, en la responsabilidad en el uso del tiempo, en el trabajo en equipo en la propia familia, en el buen liderazgo, en detalles de servicio..., en la afectividad y la vida espiritual, que da un sentido profundo a la vida, en el espíritu de lucha por mejorar, cada uno partiendo de su singularidad, y un largo etc.
   

    El amor recíproco de los padres es como una hoguera 
que da su calor y su luz 
a toda la familia
y nos hace dichosos. 
       


               

Espero que te haya gustado el post, y ¡gracias por compartir!



Dejo enlaces relacionados:





*Una selección de libros y películas en familia por edades

                                                                   




                                                  Mª José Calvo
                                   optimistaseducando.blogspot.com
                                                  @Mariajoseopt

                


https://optimistaseducando.blogspot.com/2018/05/crecimiento-personal.html