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jueves, 6 de abril de 2017

EL AMOR Y EL PERDÓN.


 
                                    LAS HERIDAS DEL AMOR.


         En la relación en pareja, a veces herimos a la persona que más queremos por no pensar o, por dejarnos llevar del primer impulso. Es preciso dar al “botón de pausa” para reflexionar, y rectificar cuando nuestro comportamiento no ha estado a la altura deseada.


       Con sentimientos de culpa en nuestro interior, propios, o ajenos, no se puede amar. Es preciso perdonar. Si no el rencor va horadando el cariño y la armonía entre los dos, y se va debilitando el amor.


       Porque todos somos más vulnerables de lo que parece, y muchas veces necesitamos más cariño del que podemos merecer… Por eso existe el perdón y el amor: para sanar las heridas.



                                                       


        Pero hay que perdonar y olvidar. El sacar “la lista” de agravios, y el no olvidar lo perdonado, van deteriorando el amor. Muchas cosas no se arreglan con el paso del tiempo: hay que hablarlas. No dejarlas “acantonadas” en lo profundo de nuestro ser, porque pueden resurgir en un momento inoportuno, o se pueden “gangrenar” por falta de oxígeno. Y todo eso va destruyendo la confianza y el cariño mutuo. 


                                             




        Por eso debemos entrenarnos en dos cosas, que son las dos caras de la misma “moneda”: pedir perdón y perdonar, y ambas necesarias en la relación de pareja.


       Cara “A”: aprender a pedir perdón. Que sea como un acto reflejo ante pequeñas discusiones. Pero hay que poner empeño, porque a veces cuesta mucho: que no nos pueda el orgullo. Un pequeño “truco” es que pida perdón el que está más tranquilo, o el que crea que lleva razón…

     Y acostumbrarse a olvidar lo perdonado. Si no, nos hacemos fríos y calculadores. Vamos guardando la lista de ofensas para “soltarla” cuando menos se lo merezca… Nos convierte en rencorosos, y amargados… Destruimos la confianza que tenemos en el otro.

       Cuando no se perdona, se va formando una tensión en la pareja por acumular ofensas, sentimientos desagradables…, y van invadiendo la esfera afectiva y el subconsciente.



      Otro punto es darnos cuenta de que cuando tengamos que hablar o, incluso discutir por algo, nunca hacerlo delante de los hijos. Sufren mucho y les ponemos en situación de elegir entre uno de los dos… Cuando, por lo que sea, nos han visto enfadarnos, decirles que ya está arreglado, que nos hemos pedido perdón y hemos hecho las paces. 

                                    ¡¡Nunca jugar con la felicidad!!


      



       Cara B: disculpar, perdonar. Cuando nos pidan perdón, e incluso cuando no nos lo pidan… Ser receptivo, ponérselo fácil, no ser engreídos, pensar más en el otro, dejarle una salida honrosa: un “hoy está cansado”, o “está un poco nervioso”… puede salvar la situación. Y el poner una “pizca” de sentido del humor siempre ayuda. 


       Perdonamos porque le queremos mucho más de lo que pueda fallar. Cuanto más amamos es más fácil el perdón. Y el que es perdonado se siente entrañablemente querido, y esto le ayuda a mejorar.


                                         


          La consecuencia del perdón es la curación de las heridas. Al perdonar le liberamos de los actos erróneos y de sus consecuencias, y nos liberamos a nosotros mismos de ellas. Ponemos un punto final, y de esa forma, permitimos un nuevo comienzo. 



       Porque es más importante la unidad de los dos, que el tener o no razón, o quedarnos en el capricho de “ganar” la pelea. Y para eso hay que entrenarse y ceder.   


                                       


         El perdón restaura lo que está dividido, devuelve la concordia y la paz a los corazones.

       Si no perdonamos le atamos a su pasado menos honorable. Es como decirle: no creo que seas capaz de hacer algo bueno, algo grandioso. Le cortamos las alas, no le dejamos realizarse, ser él mismo, ser su mejor versión… 


        Y después de un enfado y de hacer las “paces” aunque sea con un simple gesto, un beso, un guiño, un “te quiero”…, celebrarlo ¡con un abrazo muy “sabroso”!


                                                       

       Un bonito ejemplo de perdón lo tenemos en “El Principito”. Es una carta maravillosa del autor a su esposa, por la vida que llevaba. Se va dando cuenta de que su libertinaje no le hace más libre, sino al contrario. 

      Por eso escribe: “Los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín, y no encuentran lo que buscan… Y sin embargo, lo que buscan podría encontrase en una sola rosa, o en un poco de agua. Pero los ojos están ciegos… Es necesario buscar con el corazón.”


                                       

       Los frutos del perdón son la paz interior, la alegría, el optimismo, la ilusión, la esperanza… Es creer que somos capaces de algo grande. Es confiar en el otro y darle una oportunidad. Es estimularle a sacar lo mejor de él y ¡permitírselo!





       Dejo el artículo publicado en la revista Hacer Familia.


                                                                       



   Espero que les haya gustado y que lo compartan con amigos...


                                                                       Mª José Calvo
                                                          optimistas educando y amando







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