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martes, 25 de noviembre de 2014

EL SECRETO DE LA EDUCACIÓN...

                               

                                

                     EL SECRETO DE LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS.



                Ya vemos que educar es ayudar a crecer a nuestros hijos, en un ambiente de cariño, de confianza, para darles alas, para que se puedan realizar y crecer como personas. Para eso es imprescindible descubrir sus fortalezas, sus cualidades especiales, lo que hacen bien..., para fomentarlo. Y, valorando la libertad personal, puesto que es uno de los mayores dones que hemos recibido. Pero esa libertad que nos da alas debe ser una libertad responsable

          Es necesario que desde bien pequeños les enseñemos que toda acción lleva sus consecuencias. Y hay que pensar antes de actuar sin más: pensar en las repercusiones de nuestras acciones. Además, podemos pensar poniendo el corazón en ello, pensando en los demás. Así tenemos una “amorosa libertad responsable”, como le gusta repetir al profesor Oliveros F. Otero.


               Para ayudarles a crecer, debemos pensar cuál es su bien, lo que queremos alcanzar, y saber transmitirlo en la familia. Por ejemplo, qué tipo de personas queremos que sean nuestros hijos, o nosotros mismos, para luchar en ello. Ver dónde ponemos el norte, hacia donde nos encaminamos… para intentar vivirlo coherentemente.

           Porque no todas las estrellas que lucen son nuestra meta. Algunas brillan mucho, pero se desvanecen pronto porque carecen de fundamento. 




              Ver qué valores son importantes para basar en ellos nuestra vida, que no pasen de moda, y que no cambien con las circunstancias. Ya vimos que hay valores relacionados con ese trinomio que nos puede orientar: la Verdad-el Bien-la Belleza, que nos pueden ayudar. 

             Porque cada uno de ellos es parte de los otros dos, y se arrastran entre sí. La verdad es la realidad de las cosas, de las personas. Y es una especificación del bien. El bien es la mejor forma de esa verdad, una razón de ella. Y la belleza aparece con la verdad y con el bien, porque nos deslumbran a través de ella, resplandecen. Por eso Platón señala que educar es "enseñar a amar la belleza…" 






               Tenemos una guía, un norte que nos oriente en la vida. Ahora miramos a la persona, a cada hijo que debemos ayudar a ser su mejor "versión". Para ello tenemos como dos "vertientes" en las que trabajar. 


                 La primera es su intimidad. Ayudarles a ser ellos mismos, a ser su mejor "yo", a cultivar su intimidad, a desarrollarse, a fijarnos en sus cualidades positivas para acrecentarlas... Y todo en un ambiente de libertad. 


            La segunda vertiente es la relación con los demás. Ayudarles a relacionarse, puesto que una persona es un “ser de aportaciones”: se realiza dando, y sobre todo, dando amor. Por eso, una misión insustituible de los padres es enseñarles a querer de verdad, sin sucedáneos. Apuntar alto para movilizar energías. 






               "FACTORES DE CRECIMIENTO" PERSONAL:


         Cada persona, para crecer, necesita varios factores: primero la confianza. Sin ella no puede intentar ser ella misma, no puede dar lo mejor que encierra en su interior. 

                El segundo la libertad. Si no se siente libre no puede volar. Claro que el primer día no le vamos a soltar donde se puede hacer daño si cae. Es un proceso gradual de libertad, cuando se va responsabilizando.   


               Para ello vamos dando pequeños encargos, gestiones, colaboraciones, y vamos confiando más en ellos, para seguir dando otras responsabilidades mayores según la edad.




               Es decir, a mayor confianza mayor responsabilidad por parte de ellos, porque de alguna forma, estimulamos su comportamiento responsable cuando los creemos capaces de algo grande. Y a mayor responsabilidad, mayor libertad. Para que pueda apostar por grandes ideales y metas. Siempre esperar lo mejor de ellos, animarles a que vuelen alto...



                 Y el tercer factor imprescindible para crecer y madurar es el amor de los padres. Ya vimos que la confianza y el cariño son como “el horno” donde se cuece su mejor personalidad. Porque le permitimos realizarse, porque le damos nuestro "calor" del bueno, y ese amor les permite lograr lo mejor de ellos mismos.




           Si enlazamos tenemos una libertad responsable, que nos sirve para aprender a querer, para poner el corazón en lo que vale la pena. 


                Y ¿cómo vamos a plasmar esto? Pues fundamentalmente con nuestro ejemplo. Con la huella que vamos dejando con nuestro actuar: somos sus modelos continuamente.



                 UN MODELO:

                El amor de los padres es como una hoguera que da su cariño, su calor, y su luz, a todo el que se acerca a ella, en especial en la familia. Es un desbordarse eficaz de cariño hacia los hijos.






                 Por eso, "el secreto" de la educación no es tanto las miles de ideas que podamos tener, los encargos, los planes de acción, enseñarles a estudiar, ayudarles a esforzarse, a tener voluntad, que tengan actividades, o educar su corazón… aunque son necesarios, sino, más bien, el cariño de los padres, que nos queramos de veras, y que ese amor se derrame y trascienda más allá de nosotros, de forma eficaz, hacia los hijos. Luchar por conseguir en pareja un amor verdadero, un amor bueno y un amor hermoso que alimente a nuestros hijos. 

                 E incluirles en él, acogerles, y no provocarles una vida fría e independiente por nuestro actuar, o por no atenderles de la forma adecuada en cada momento.



                Por tanto, el secreto está en una armonía sincera, optimista, y alegre de los padres, por el amor que se tienen. Y es lo que transmite belleza y calor de hogar a la familia entera


                   Es como decirles: ¡vale la pena esforzarse por esto! ¡Es una aventura maravillosa!








                Esta armonía está anclada en un amor de la mejor textura: un amor desinteresado, un amor incondicional al otro. Porque pensamos primero en el otro, y es un dar con alegría. Y no tanto un esperar continuo, un recibir egoísta... Ya decía Aristóteles que querer a alguien es procurar su bien.





             Pero esto requiere una lucha constante en elevar la calidad de nuestro amor, mejorar cada día un poco, subir cada día un escalón. Concretar los detalles hacia el otro cada mañana…, pensar en él o en ella con frecuencia. 

             Y procurar que los pensamientos y sentimientos negativos no ahoguen los positivos. También con sentido del humor ante las dificultades.




                 Consiste en soñar, en apuntar alto, en tener grandes ideales, en agradecer lo que sale bien, y en pedir perdón cuando hemos fallado, para volver a empezar. Y así poder dejar clara una senda por donde nuestros hijos podrán caminar: dejar claras las huellas de nuestro caminar para que tengan un referente nítido en su vida. Marcamos una senda, la “senda de los exploradores”, porque nos están mirando todo el día y siempre nos imitan, aunque no nos demos cuenta...




                  Si queremos hacer felices a nuestros hijos, tenemos que introducirlos en nuestro amor, hacerlos partícipes de él, que se desborde ese cariño hacia ellos, y participen de él. Es la riqueza y la belleza de la familia.






                  Por eso, cuando tengamos puntos de vista distintos o no estemos de acuerdo, y estén ellos delante, una palabra, una contraseña, y luego hablamos de ello, o nos peleamos si hace falta, pero sin que nos vean o nos oigan… 
                Para no hacerles sufrir, para no quitarles esa seguridad de nuestro cariño. Para que sepan que estamos unidos por el cariño a pesar de las diferencias. Si nos ven divididos sufren lo indecible y pierden la confianza en lo que se les dice. Además se hacen inseguros.



                  Cuando son adolescentes, nace su intimidad, e intentan llamar la atención. Nos dicen “aquí estoy yo”, con conductas de mayor reclamo si no estamos pendientes, si no se sienten valorados y queridos. Nos gritan con sus piercings, con sus modos de vestir, con la música estridente…, con su indiferencia, o agresividad a veces...


          Entonces necesitan un cariño de mayor calidad, un amor desinteresado, donde solo cuenten ellos, y no esos detalles que no nos gustan, esa notas, ese desorden…  Donde les queramos por quienes son, no por lo que hacen. Quieren que les prestemos atención, aunque no les comprendamos al principio. 






              Cuando se sienten queridos y valorados, con el tiempo, mejoran. 
Hay que confiar en ellos, ver más allá de su conducta actual, para estimularles a sacar lo mejor que llevan dentro. 




                 También hay que enseñarles lo que es el amor verdadero, desde pequeños, de forma gradual, porque tienen una imagen deformada con lo que puedan ver en películas, internet… Y también con nuestro ejemplo, aunque no seamos perfectos, que vean que luchamos por mejorar, y sobre todo, ¡¡que nos queremos!!   


                   Porque, al final, es el amor de los padres lo que ejerce una poderosa atracción sobre los hijos; es ese cariño, ese volcarse con ellos, y evitará que sucumban ante el tirón de la padilla, cuando proponen actuaciones absurdas, o que les empeoren como personas. Y ante la movida nocturna, el botellón, y otras conductas poco deseables. 

                   Necesitan de nuestra "autoridad prestigio", que más que un mandar es un estar ahí, de una forma determinada, con integridad, con coherencia, con tono humano. Que contagiemos luz y alegría. 

                Y con sentido del humor ante situaciones tensas, cansancios, limitaciones, nerviosismos, fallos… Es lo que verán cuando "otras luces" se apaguen… Y, aumentando la categoría de nuestro amor por ellos, atendiendo sus demandas razonables, leyendo en su mirada, considerándoles importantes..., apoyándonos en ellos.





                   Por eso, podemos vislumbrar cuál es el único "derecho" de nuestros hijos: a tener un hogar atractivo, donde los padres nos amemos de veras, sin sucedáneos. Dando lo mejor de cada uno, y esperando lo mejor del otro, pero sin exigirlo. Teniendo en cuenta la gratuidad del amor, y creando el clima apropiado para que el otro se sienta querido, valorado, y admirado. Y, de esta forma, crecer juntos en el amor, y madurar juntos, sin pretender que el otro sea perfecto...




                   Porque los hijos, para ser felices, necesitan ver a sus padres felices, unidos, queriéndose con un amor de calidad. Y eso implica siempre pensar primero en el otro, liberarnos de nuestras propias "ataduras" que nos alejan del otro, y consiguientemente de la felicidad.  

                      Porque, para ser felices, lo primero que se necesita un corazón enamorado donde quepan todos...

                  Y para esto hay que pasar por alto, o por debajo, o por un lado, de pequeñas incomprensibles, pequeñas manías, algunos fallos o defectos del otro, que antes nos hacían gracia y con el tiempo, puede que no soportemos.


                   Tener en cuenta que solo el amor une, y solo el amor sana las posibles heridas. 


              Escribe Ugo Borghello en uno de sus libros: “Al traer un hijo al mundo, se contrae el deber de hacerlo feliz. Y ¿qué necesita para ser feliz? Ver que sus padres se quieren. Y ese amor se desborda hacia los hijos”





                   Por tanto, es el único derecho de los hijos: al cariño nuestro, al tiempo para ellos, a nuestro interés, a la dedicación, al consejo oportuno, a nuestras ideas, al ánimo… Y no intentar suplir esa falta de amor con regalos caros, ropa de marca, caprichos inmerecidos, con una paga desmedida, o salidas nocturnas para que nos dejen tranquilos. 

                  Hay que poner unas normas razonables que marquen un camino, y les den seguridad, aunque protesten. No fomentar el libertinaje ni las tiranías. Saber exigir para provocar su maduración, con exigencia comprensiva: firmes en los objetivos, y flexibles en los modos de lograrlos... 

           





                   Porque lo único que realmente necesitan es nuestra unidad y nuestro cariño, para formar parte de él. Y nuestro pedir perdón, si fallamos y lo ven... Es lo que marcará un huella indeleble en su alma, y aprenderán a querer de la mejor forma posible. Así serán felices, y nosotros también, a pesar del esfuerzo que supone, sin morir en el intento. ¡Vale la pena!





                        Aquí dejo un corte de una película
 clásica, entrañable, con sentido del humor, "Los tuyos, los míos y los nuestros"...







Espero que les haya gustado el post, y que lo compartan con amigos...



                                                                                                                                                                                              Mª José Calvo
                                                            optimistaseducando.blogspot.com
                                                                          @Mariajoseopt



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