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martes, 29 de abril de 2014

LA VOLUNTAD y el control remoto... II

                                              

                                    LA VOLUNTAD y El "Apolo 13".



                 Nos podemos hacer una pregunta: ¿por qué o, para qué, educar la voluntad, con lo que cuesta...? 

            Tener voluntad significa plantearnos unos pequeños objetivos asequibles, e intentar alcanzarlos. Hay que tener la costumbre de vencernos en cosas pequeñas, o ser capaces de aplazar una recompensa, para adquirir autodominio.



          La voluntad nos permite ser dueños de nosotros mismos: tener autocontrol. Es como tener un mando a distancia o un control remoto de nuestra persona. Nos podemos "manejar" según lo que nos hayamos propuesto o nuestra inteligencia nos presente como una meta clara. 


           Permite que tengamos autocontrol, que no seamos esclavos del “me apetece”, del egoísmo, del mal genio, del enfado, de la comodidad… si luchamos con valentía. 



           Y al tener autodominio sobre nosotros, somos más libres. Podemos hacer más cosas, sin depender de las circunstancias o de nuestros caprichos. Y orientarnos hacia metas valiosas, perseverando hasta lograrlo.

            Por ejemplo, podemos enfocarnos en algunos objetivos simples como tomar una cerveza con unas tapas, pero también en algo que de sentido a nuestra vida, como ayudar a los demás, empezando por la propia familia. O enriquecer las relaciones familiares, tener una cita con nuestro esposo/a, con cada hijo..., en la que, por supuesto, nos podemos tomar algo.



              De esta forma, hacemos que sucedan las cosas, las cosas importantes, las que pensamos, las que programamos: somos proactivos. 


                Por eso es preciso educar la voluntad, para tener autodominio sobre nosotros mismos y poder acometer lo que nos hayamos propuesto. También para que no nos lleve el viento a la menor dificultad...   
             
              Además, todos queremos que nuestros hijos sean fuertes ante la vida, pero no lo conseguiremos si les damos todas las facilidades para que no sufran..., si hacemos lo que ellos deben hacer, para facilitarles las cosas. Tampoco si les sobreprotegemos. 

        Hace falta que se entrenen en superar las pequeñas dificultades cotidianas. Y nosotros debemos ir por delante, dando ejemplo. No hace falta que seamos “superhéroes”, sino que nos vean luchar por ser coherentes, por hacer lo que debemos en cada momento.






                  Educar la voluntad es tener unos hábitos duraderos para que nuestro obrar sea más fácil. Es como tener "el piloto automático" puesto: hacemos todo con mayor perfección, con menos esfuerzo, y más agrado, disfrutando de ello.







              Y, ¿para qué nos sirve la libertad? Para poder encaminarnos hacia una meta valiosa que aporte más sentido a nuestra vida. 

            Y lo que da mayor sentido a nuestra vida es el amor: el amor a la familia, el amor en pareja, el amor a los hijos… 


               Es decir, el paraqué de la libertad es el amor, que muchas veces significa pensar en el otro antes que en uno mismo; dar antes que recibir..., tener detalles que alegran la vida a los demás. Y también hacer la vida agradable a las personas queridas. 


              Pero hace falta que sea una libertad responsable, porque todas las acciones conllevan unas consecuencias. 



             El autodominio nos permite ayudar a los demás, sobre todo en familia, para demostrarles el cariño. Y se traduce en pensar en ellos, en tener detalles concretos. Además, es lo que hará que seamos personas felices a pesar de las contrariedades, dificultades, o de lo que podamos sufrir. Y es el amor el que nos aportará más plenitud y desarrollo personal, porque nos permite crecer como personas.

                Esto lo tenemos que transmitir a nuestros hijos. Primero, a través de nuestro cariño como pareja, porque somos su modelo de amor. Y también queriéndolos a cada uno, según su personalidad, sus necesidades, o la etapa en que se encuentran... Porque necesitan todo nuestro cariño para desarrollarse, para conseguir lo mejor de ellos. 




               Para ello es necesario crear un ambiente familiar propicio, que estimule los hábitos y virtudes que previamente hemos pensado potenciar en nuestra casa, con normas claras, con nuestro ejemplo, con los encargos... etc.










                      Este ambiente puede estar formado por varios ingredientes:


Alegría. Tener un ambiente festivo, estimulante, alegre. Y un hogar es alegre cuando hay preocupación por los demás.

Tranquilidad, serenidad, no estresarnos. Respetar los ritmos de los niños, tener “islas de silencio” para ponderar las cosas, para pensar, para tener paz interior.

Confianza para que se pueda realizar. Es como el “horno” donde se cuece y sale a la luz la mejor personalidad de cada uno.

Delicadeza: cuanta más confianza, mayor delicadeza y finura de espíritu.

Cariño: hacerlo palpable con detalles para que se sientan queridos.

                                     “A-TRA-CON DE CARIÑO”






             Como la educación de la voluntad requiere esfuerzo, hace falta tener una motivación alta que mueva la voluntad. Una idea que haga de "motor de arranque", para adquirir un hábito, o para cambiar algo  que no vaya bien… Y la motivación va de la mano de la ilusión, de ver las cosas atractivas, de ver el lado positivo, de verlas con optimismo; es decir, ¡¡que nos ilusione ser mejores!!


              Educar la voluntad es  educar en valores: en los valores preferentes que tengamos como familia. Y para ello hay que interiorizarlos, hay que encarnarlos, hay que personificarlos, y esa es la mejor manera de motivar.


           ¿Cómo? Luchando por hacerlos vida: nada sale solo, hace falta esforzarse e intentar conseguirlo. Con nuestro ejemplo, de forma deportiva, sin desanimarse, para que nuestra casa sea un “museo viviente” de valores verdaderamente humanos..., que al vivirlos, al encarnarlos, se convierten en virtudes.






          Para hacerlo más fácil podemos fijarnos en los “puntos fuertes” de cada hijo, o de nuestro cónyuge, y apoyarnos en ellos para elevar los que no son tan fuertes... para suplir debilidades, y así estimular algunas virtudes.  

         Por ejemplo, si nuestro hijo tiene un gran corazón, podemos apoyarnos en eso para estimular el hábito de la generosidad con los hermanos, o de la empatía con sus amigos… O si es muy "espabilado", que nos ayude a organizar algo en la casa, o que ayude a sus amigos explicándoles dudas… etc. O si le gustan los coches, que haga "equipo" con su padre, para lavar, arreglar, o equipar el coche familiar… 


         Hace falta tiempo para ver entre los dos, qué cualidades tienen o tenemos, y qué queremos conseguir en cada persona, según esas fortalezas, sus gustos..., y concretar un plan de acción.


            Pero se trata de hacer atractiva la virtud: de mostrar el lado positivo de ella, de seducir con los valores que no pasan de moda... Es el arte de usar de forma correcta la libertad, de vivir con la dignidad de la persona.


           Y ver la mejora de cada uno como una liberación de las ataduras que no nos dejan hacer lo que nos hemos propuesto, o lo que nos gustaría llegar a ser. Por eso hace falta ilusión y optimismo para acometer lo que queremos. 


          Además al adquirir hábitos y virtudes vamos teniendo una belleza interior que resplandece y atrae los demás. Y es debido al sentido de la vida que nos proporciona, y también por la personalidad atrayente que forma.





               Algunas virtudes humanas que podemos incorporar o fomentar en  familia pueden ser:

       La valentía y la audacia para actuar con unos fines o metas, para acometer los proyectos que nos hemos formado, para ser proactivos y que no nos coma el ambiente.

     El trabajo, la perseverancia, la constancia para no desistir, para superar dificultades y llegar hasta el final. La resiliencia.







     Y entre tanto, y desde pequeños, el orden, la sinceridad, la obediencia, la justicia, la generosidad (que es como el volumen de otras virtudes), la amistad y la empatía, la responsabilidad que es la otra cara de la libertad…, especialmente importante, en esa etapa de la adolescencia.




     La exigencia, necesaria para lograr algo en la vida, porque si no, la comodidad, o el “yo”, nos pueden. Pero aliñada con comprensión: una exigencia comprensiva, o una comprensión exigente, según las circunstancias.


      Y la alegría, que es el resultado de hacer lo correcto, de pensar en los demás. De esta forma lograremos una familia ¡optimista y alegre...!









                                       EL APOLO 13.       



          Para hacerlo más gráfico, podemos ver algún corte de la película "El Apolo 13", de Ron Howard, con Ed Harris y Tom Hanks entre otros. 


             Plasma muy bien la fuerza de voluntad de los astronautas ante las dificultades y contratiempos, para mantener su autodominio, y el control de la nave, para no desistir, para llevar a cabo su nueva misión: trabajar una ignición sin computadora, usar el vehículo lunar de navío, trabajar en la reentrada..., y poder ¡¡volver a casa con vida!!






          Y se ve cómo actúa el director de la misión, ejerciendo su buen liderazgo, para superar todo tipo de problemas, -el oxígeno, el CO2, la energía-, aunar fuerzas, y traerlos a casa, con tesón, con perseverancia, con optimismo, sin desanimarse nunca, a pesar de lo realmente preocupante de la situación.


           "¡El fracaso no es una opción!", "¡no los vamos a perder...!"





                                        video



Espero que les haya gustado el post, y lo pueden compartir con amigos...


                                                                                   Mª José Calvo
                                                                              optimistas educando
                                                                                   @Mariajoseopt






miércoles, 16 de abril de 2014

EL SENTIDO DEL AMOR Y DEL DOLOR.

                                

                 EL SENTIDO DEL AMOR Y DEL DOLOR.


            La educación familiar es importante, en función de que enseñemos a nuestros hijos el valor del amor. Que aprendan a querer, por inmersión, en un ambiente de cariño.

            Y eso lo captarán a través de nuestro comportamiento, porque somos sus modelos; también con lo que les digamos. Pero el ejemplo arrastra más que las palabras. El amor es lo que les aportará plenitud humana, lo que siempre será importante. Un amor bueno, verdadero, y hermoso… Y se traduce en educar el corazón, como centro existencial de cada persona. 


                    Enseñar a querer es enseñar a dar y enseñar a recibir, con generosidad, porque la persona es “un ser de aportaciones”. Lo propio de ella es dar, dándose. Por eso, debemos enseñar a nuestros hijos la alegría de colaborar con la familia con los encargos, con detalles, según sus cualidades o sus puntos fuertes. Desde muy pequeños, que se acostumbren a dejar sus cosas a los demás, y que vean la alegría del que lo recibe: que se pongan en su lugar, que aprendan a compartir sus cosas, sus sentimientos y a ser generosos.




                    Y también enseñarles a recibir, pero no tanto para quedarse en el capricho, sino en función de lo que necesiten para mejorar como personas. Pensando que toda ayuda innecesaria limita a quien la recibe. Y por otra parte, no queremos tener hijos "merengues", que se los lleve el viento a la menor dificultad. También, enseñando el valor del agradecimiento


                    Cuando son algo mayores, que aprendan a hacer pequeños servicios a los demás, con delicadeza. Y a aceptarlos, con agradecimiento. Que no se acostumbren a tener de todo, o a que les demos todo lo que pidan: que se lo ganen con esfuerzo. Y que aprendan el valor de la espera, para poder aplazar una gratificación y tener autocontrol a lo largo de su vida. Así aprenden a ser personas que reflexionan antes de reaccionar.


                     Enseñarles a pensar en los demás, por ejemplo, con el arte de las buenas preguntas: ¿cómo se sentirán con esto que acabo de hacer?, o ¿qué esperan los demás de mí? o, ¿qué puedo aportar?… O, ¿necesito realmente eso, o es un capricho innecesario?





                   Y unido al amor, siempre está el dolor, porque la vida conlleva sufrimiento. Son las dos "caras" virtuales del amor, del binomio amor-dolor, como dice el profesor Oliveros F. Otero. No se puede amar verdaderamente sin sufrir, y por otra parte, el amor, a veces, no se puede ver sino en el dolor: ahí es donde queda patente. Pero hay que saber unir el sufrimiento al amor para que cobre sentido y no nos destruya. Para descubrir un sentido al dolor. Porque el dolor no impide la felicidad, si lo unimos al amor.




                      El dolor a veces nos permite hacer un alto en el camino, para dedicar tiempo y energía a reflexionar sobre lo importante de nuestra vida, y no tanto sobre lo inmediato o urgente que nos reclama la atención. Porque habitualmente llevamos una vida desenfrenada, y nos movemos en la superficie. No prestamos atención a los porqués, o paraqués y solo a los cómos. No vamos a las raíces de las cosas, nos dejamos llevar de las prisas.


                     El dolor es un misterio, y a veces nos pone en predisposición de pensar, de reflexionar. Estamos acostumbrados a pensar enfocados en la resolución de problemas, pero no tanto respecto a los misteriosY el dolor, en parte, es un misterio: no lo comprendemos fácilmente. Así, lo trivial cede paso a lo importante, y nos pone en situación de pensar, de reflexionar, y nos  ayuda.



                      Por eso es bueno enseñar a nuestros hijos las dos caras del amor, porque lo aprenderán, especialmente, al ver cómo nos manejamos en esas circunstancias. Volvemos a la “senda de los exploradores”: ellos nos están mirando todo el día, y aprenderán a  manejarse con nuestros referentes. Vamos marcando la senda por donde ellos caminarán, según nuestros valores, motivaciones, y prioridades. De aquí la responsabilidad que tenemos.



                      También pensar que no hay amor sin dolor, ni dolor que no se pueda sobrellevar, si se ama de veras. Por otra parte, el dolor es la “piedra de toque del amor”: donde se consolida el amor. Porque a veces, hasta que no se sufre, no se sabe si está vivo o no. 

                      Tenemos que aprender a transformar el dolor de los demás  en condolencia, en un amor más sabroso. Saber comprenderles, sintonizar y mostrar empatía, porque eso alivia mucho.





                     Pero podemos distinguir entre dolor y sufrimiento. Dolor es la respuesta objetiva ante la pérdida de un bien; y sufrimiento es la resonancia subjetiva de la pérdida de dicho bien, lo que nos afecta. Por eso, hay que aprender a poner el corazón el lo que valga la pena, en lo importante; no en lo que no la merezca. Así evitaremos sufrir por nimiedades...

                        ¡Cuánto sufrimiento podemos evitar alejando el corazón que todo aquello que resulta superfluo!




                          Y saber unir el dolor al amor, para que  cobre sentido. Para que nos de fuerza, para soportarlo primero, y luego sobrellevarlo por amor. 


                  



                      En la familia nos encontraremos con el dolor.  Va siempre unido al amor, porque éste requiere sacrificios, renuncias, ausenciasCuando el sufrimiento está asumido por el amor representa una ayuda para la superación personal, y nos estimula a madurar. 




                   El dolor nos hace más humildes, aceptamos nuestras posibilidades, y nos abrimos a la realidad de las cosas. Y el amor mitiga el dolor: le da su fuerza, le da sentido. Alguien dijo que el dolor y el amor se unen en las fronteras de la misericordia… 



                 Cuanto más amamos somos más vulnerables, nos exponemos a sufrir más por amor. Las personas más afectivas ponen mucho corazón en las relaciones familiares, en la amistad… y suelen sufrir más. Pero siempre merece la pena amar, a pesar de ello.


                      Hay situaciones traumáticas que a veces provocan rupturas en la pareja; otras veces sirven para unir más a las personas. Depende de cómo las afrontemos. Si nos ayudamos y apoyamos en la familia, haciendo acopio de generosidad, es una oportunidad para madurar y querernos más. El secreto está en compartirlo, en llevarlo juntos, en ayudarse.





                      Una muestra de amor incondicional, a pesar del sufrimiento, se recoge en “Señora de rojo sobre fondo gris”, de Miguel Delibes. Es un canto agradecido a la figura de su mujer... Escribe: “Desde su delicada capacidad para iluminar las vidas de los demás, Ana supo contagiar alegría y plenitud, también en la enfermedad.” Se preocupaba de alegrar el día a los suyos: cada mañana, se preguntaba por los motivos de estar alegre…







                      Juan Pablo II decía, a los enfermos de un hospital, que el sufrimiento es un modo peculiar de amar. Consolaba a los que sufrían. Decía que para amar de veras, hay que desprenderse de cosas, pero sobre todo de uno mismo: dar gratuitamente, amar hasta el fin. Es el secreto de la felicidad. 

                             Y la expresión suya: ¡No tengáis miedo!… 





                       Porque el cometido de la familia, además de "construir" a cada persona, es custodiar y acrecentar el amor, cuidar lo humano. Y para ello tenemos que enseñar a querer a nuestros hijos. Cuando hay sintonía afectiva, las alegrías compartidas se hacen mayores, y sin embargo, las penas disminuyen.


       Educar para el amor, con amor, sin miedo a lo que puedan sufrir si saben amar de veras. 


            Es la tarea más importante y emocionante que tenemos entre manos, y la que más felicidad nos puede aportar. Y por otra parte, lo estamos enseñando sin querer: somos sus modelos, y nos copiarán. ¿Sabremos ser buenos modelos? Por lo menos podemos luchar en ello, porque también lo verán… y ¡¡con optimismo!!



                     En estas vacaciones de Semana Santa, nos podemos ayudar de alguna película para pensar en ello. Por ejemplo, “El hombre que hacía milagros” de Mel Gibson. Tiene unos dibujos preciosos, una música ideal, y nos puede enseñar algo sobre el sentido del sufrimiento… 


                                   


             Con adolescentes mayores se puede ver “La Pasión”, también dirigida por Mel Gibson, pero desde la perspectiva de un amor sin medida, más que desde el sufrimiento. Como él dice, ¡es la mayor historia de amor y de perdón de todos los tiempos...!







                                                                    Mª José Calvo
                                                                     optimistaseducando


viernes, 4 de abril de 2014

LA VOLUNTAD, el mapa, la brújula, y una cuerda...

                                                 
                              
                                  EDUCAR LA VOLUNTAD I/II


           En la formación de una persona es preciso abordar todas sus facultades: la inteligencia, para que pueda pensar con claridad, la voluntad para acometer lo que se proponga, y la afectividad para disfrutar de la vida. Una buena educación conlleva iluminar la inteligencia con la verdad, fortalecer la voluntad con pequeños entrenamientos, y acrisolar los sentimientos estimulando los mejores, más nobles, más finos, y cortando con los menos saludables. 


             Así, al educar a nuestros hijos, se irá modelando su carácter, en base al temperamento heredado, y a sus características singulares y puntos fuertes.


            Ahora vamos a tratar la educación de la voluntad, que es lo que va a posibilitar que nuestros hijos “quieran” hacer lo que deben hacer, que sean capaces de grandes cosasy les resulte más fácil el esfuerzo, porque están habituados a ello, y les presentamos razones y motivos. 

              La voluntad hay que entrenarla en pequeñas cosas, pero nos permite perseverar en lo que nos proponemos, porque con comenzar no basta: hace falta llegar hasta el final. Y para esto también nos ayuda la ilusión y la motivación, que actúan en sinergia con ella. 





         Tener voluntad significa dos cosas: actuar con unos fines, ser proactivos, y superar dificultades. 

          1.- Para ello tenemos que tener claro qué objetivos queremos alcanzar, o qué metas personales o, con cada hijo. Hablarlo entre los dos, y si es con bolígrafo y papel mejor. Incluso haciendo un "plan de acción" para cada objetivo, sin agobios, priorizando lo importante... Todo ello irá formando un proyecto personal para cada uno, dirigido hacia una meta que hayamos fijado, según las cualidades, gustos, preferencias, fortalezas, periodos sensitivos o etapas del desarrollo... etc.








           2.- También aprender a superar las dificultades que nos encontremos en el camino, porque todo logro supone un esfuerzo. Tenemos que enseñarles que las cosas valiosas no salen solas, más bien hay que intentarlo con esfuerzo y, muchas veces, de forma insistente. La voluntad se entrena con el esfuerzo, con espíritu deportivo, con entusiasmo, ilusión, y optimismo. Es como fortalecer el "músculo" cerebral de la voluntad.




            Podemos fijarnos en la anécdota de Tomás Edison. Hizo muchos descubrimientos en su época; tenía una mente creativa y trabajaba duro, pero el descubrir la bombilla incandescente le supuso un esfuerzo prolongado: estuvo más de dos años investigando, con diferentes tipos de fibras... etc., y ninguna daba resultado. Pero él no se quejaba; solo dijo que "no había fracasado": "Solo he descubierto 999 formas de cómo no se debe hacer una bombilla."



             Y solo tenía que descubrir la que sí daría resultado. Es un ejemplo de esfuerzo tenaz y constante, sin desanimarse, a pesar de las dificultades. Supo estar motivado y perseveró con empeño y optimismo hasta lograrlo. 






           Educar la voluntad se traduce en conseguir hábitos desde pequeños. Desde el nacimiento ya podemos trabajar muchos hábitos, como el orden en su vida (y la nuestra). Sin olvidar los hábitos básicos: el sueño regular, las comidas y la higiene. En esto hay que ser muy constantes, pero el resultado es positivo... Es lo que aporta seguridad: el tener unos horarios establecidos, saber organizarse, y luego el niño lo irá incorporando a sus cosas, a su persona, a su pensamiento… Tiene muchas ventajas ser ordenado, y saber priorizar. 

                  


          También podemos incorporar otros hábitos como la sinceridad, la generosidad, la amistad, la obedienciael hacer sus tareas o, el hábito de estudio, el colaborar con los encargos de la casa… De esa forma van adquiriendo habilidades, autonomía, y pequeñas responsabilidades. (desarrollo de hábitos)

           Para ello se pueden hacer diversos planes de acción, y es necesario hacerlos atractivos, para que se ilusionen en lograr cada objetivo... 



            Cuando ya aprenden a razonar más, en torno a los 7-8 años, al hacerlo de forma libre, es decir, porque “quieren” hacerlo, esos hábitos se convierten en virtudes. Esto facilita mucho el actuar de cada persona, puesto que al tener el hábito, esa acción se hace prácticamente sin pensar, de forma automática, y con una perfección mayor. También con más agrado y disfrutando de ello: es como tener el “piloto automático”...






            Para desarrollar hábitos necesitamos la autoridad de los padres, que es un servicio en el crecimiento de los hijos para guiar su creciente autonomía. Aunque siempre explicando los motivos, según cada edad. Y se complementa con su obediencia: nosotros tenemos la responsabilidad de su educación, y ellos la obligación de obedecer… 






          1.- "El mapa del camino": mediante la autoridad debemos poner unas normas razonables y justas a nuestros hijos, para señalar el camino por donde pueden ir. No muchas, pero si importantes y claras. Es como un mapa que les ayudará a distinguir lo que está bien o mal, y a no dejarse llevar del capricho...


              De esta forma, no estarán acostumbrados a hacer lo que les “apetece”, sino lo que deben hacer en cada momento. Y aprenderán a acometer lo que se proponen, a afrontar las contrariedades, a asumir la derrota o, las frustraciones que les puedan surgir. 

                     Así, empiezan a tener autocontrol, cosa importante para la vida, y en especial para la etapa de la adolescencia: no ser niños-merengue, o niños-blandiblug, que se los lleva el viento a la primera dificultad...





                 2.- También necesitamos "una brújula" (enlace para ampliar) que nos oriente en el camino: ese "trinomio" Bien-Verdad-Belleza, que nos deslumbra por su esplendor, y hacia el que podemos orientar nuestra conducta. Es decir, intentar estar en la verdad de las cosas, en la realidad, hacer el bien, que es la mejor forma de esa realidad y, disfrutar de la belleza de ello... Especialmente, de la belleza de las relaciones familiares, de la belleza de un abrazo, de una sonrisa, de un detalle, de una delicadeza, de la generosidad de las personas…

                   Y no hace falta premiar todo tipo de cosas. Una frase que podemos repetir, o colocar en un lugar visible a modo de eslogan es: “el bien conlleva el premio”, es la alegría de hacer las cosas bien, de descubrir la belleza que encierran... Enseñarles a disfrutar de las cosas bien hechas, de los actos de bondad... etc.





               3.- Y también "una cuerda", porque muchas veces caemos, fallamos, nos equivocamos, o no damos la talla, y necesitamos ayuda para salir del "pozo"... Por eso es importante saber pedir perdón, especialmente a las personas que más queremos.







            Para lograr todo esto, es muy necesario nuestro ejemplo: el modelo de lo que somos, y nuestra forma de actuar; mucho más que lo que les podamos decir… Porque los niños lo copian todo: procuremos que nuestro ejemplo sea positivo. Pero si tenemos fallos, es bueno que pidamos perdón, y que sepan que luchamos por mejorar, aunque cueste...


            Y además de ser buen modelo, hay que saber motivar, con ilusión, con optimismo, para afrontar las metas como retos. Y motivo es el descubrimiento de un valor, porque nos deslumbra. También puede considerarse el conjunto de mis motivos, que me impelen a la acción. 

          Por eso, enseñarles a hacer las cosas, no siempre por una recompensa material, sino por el beneficio intrínseco que les puede aportar, o por ayudar a los demás, que también es fuente de satisfacción. De esta manera, podemos ayudarles a rectificar, y a elevar motivos. También con nuestro ejemplo, porque nos miran todo el día...


          Para educar la voluntad se precisa tiempo: hace falta estar con ellos, disfrutar de su compañía, prestarles atención, dedicarles nuestro maravilloso tiempo, nuestra intimidad personal. Dejarles claro que nos importan, porque:

                         Exigencia + cariño + tiempo = éxito seguro


          Eligiendo un colegio acorde a nuestro ideario, para que el trabajo que hacemos en casa para su formación, no se malogre por lo que ven en otro lugar… Los niños toleran muy mal las incoherencias.







           PARA EDUCAR LA VOLUNTAD, NOS PODEMOS APOYAR EN:

        Unos hábitos pensados entre los dos, según los periodos sensitivos y según las características, fortalezas, y cualidades de cada hijo.

       La "obra bien hecha": que se acostumbren a acabar bien lo que han empezado. 

          Educar el esfuerzo: las cosas importantes no salen solas.

         La satisfacción y la alegría del deber cumplido.

       Los detalles: poner cariño en ellos. Por ejemplo en los encargos, en las relaciones familiares, en cada conversación, en cada paseo, en cada encuentro...

        El placer de ayudar a los demás y la alegría que conlleva.

        Que sepan que: "El bien conlleva el premio". 





           ALGUNOS HÁBITOS importantes para entrenar la voluntad: 


      Relacionados con el orden: en sus actividades, sus juguetes, su ropa… Para que sepan lo que tienen que hacer en cada momento y no estén al capricho suyo o de los adultos...

      Con la sinceridad: decir siempre la verdad, aunque cueste. Es el mejor ejemplo que podemos darles. Es la base de la confianza para establecer relaciones personales.

   Con la obediencia, explicándoles los motivos. Hacia los 5 años ya podemos apoyarnos en su inteligencia, para que la obediencia sea inteligente... Pero siempre necesitan que les guiemos por un camino seguro.





      Con la justicia: siendo equitativos con todos, pero según sus necesidades concretas. No tratar a todos igual: cada uno es diferente y necesita distintas atenciones.

      Enseñándoles la alegría de ser generosos: que asocien el dar algo, con la alegría del que lo recibe, y con la satisfacción de ayudar a los demás. También generosidad para aceptar a los demás, y para ver lo mejor de que son capaces...


      La responsabilidad de sacar adelante sus encargos, y para ayudar en familia según su edad..., y la fortaleza para llevar a cabo lo que tienen que hacer. También la resiliencia para acometer un objetivo y no quebrarse al primer contratiempo...

       

      La empatía, la amabilidad, y la alegría de vivir en familia, descubriendo la dicha de estar unidos: contagiar ilusión, optimismo, esperanza...












                                                                            Mª José Calvo

                                                              optimistaseducando.blogspot.com
                                                                            @Mariajoseopt