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sábado, 20 de diciembre de 2014

EL BELEN QUE PUSO DIOS...

                                        

                                      EL BELEN QUE PUSO DIOS


                         Ya queda menos para la Navidad. Lo propio de esta espera, es ir montando el Belén. Podemos  aprovechar la fuerza del Belén, para estar pendientes de los demás,  para mejorar las relaciones familiares. Es un tiempo especial dedicado a ello. Para pensar en los otros, para alegrarles la vida, para tener detalles de cariño. No hace falta gastar mucho dinero, sino gastar ilusión, sorprender con imaginación y cariño. Sobe todo con los que más queremos.

                  Pensar que siempre estamos educando o formando a nuestros hijos. Siempre nos están mirando. Siempre vamos dejando una huella y marcando la senda por donde ellos podrán pasar… Vamos a enseñarles algo trascendente, algo valioso, que no pasa con las modas, ni con los tiempos. Que siempre recordarán. Y pasará de generación en generación.

          Podemos  aprender de ellos a ver las cosas con ilusión, sabiendo sorprendernos de lo importante y de lo bello. Podemos intentar poner el Belén entre toda la familia. Es algo divertido, estimulante, enriquecedor, creativo. Hace falta traer unas piedrecitas, un poco de hierba, unas ramas, unas hojas secas, pajas,  cortezas de árbol,  lo que se nos ocurra. Y unas figuritas. O hacerlas de plastilina, o de arcilla… Podemos recortar estrellas de cartulina, o de papel charol, ríos de papel de plata, caminitos de serrín…  Así pasar un rato entrañable y divertido, haciendo algo muy importante.









                            Cuando ya lo tengamos montado, podemos hacer un “juego” con nuestros hijos. Transformarnos  en un personaje de aquella época.  Escondernos en el portal, ir con los pastores a ver al Niño, llevarle un queso, un tarro de miel, o algo de ropita, o cantarle una canción. Imaginarnos que podemos estar con la Virgen, o que hablamos con San José… ¿Qué les diríamos?


                   Con nuestra inteligencia, nuestra creatividad y nuestra imaginación, podemos traspasar los límites del tiempo y del espacio, y crear nuestra propia historia. Cada uno, la nuestra, o ir toda la familia visitar al Niño. Podemos hablar con él, contarle nuestras preocupaciones, alegrías...


                   Pensar cómo se tratarían María y José, con qué cariño, con cuantos detalles, aunque no tuvieran nada material... pero sí un espíritu entregado, generoso, y animante.  Con cuánto amor cuidarían al Hijo de Dios hecho hombre… Le prepararían una cuna confortable, calentita, le besarían, le mirarían, le sonreirían, le cantarían, le bailarían, no saldrían de su asombro…


                    Por un lado, podemos hablar con ellos. En la imaginación, en la realidad, ¿qué diferencia hay? Para Dios todo es posible. El Belén, es como una “app que nos enseña a rezar” sólo con mirarlo. Es como una "máquina especial", que nos transporta a otro mundo... que nos ayuda a meternos en el portal, en su vida...

                 Y aprendemos de ellos un sinfín de cosas. A valorar lo importante, a no ser caprichosos, a pensar primero en los demás, a disfrutar de la alegría del recién nacido... 
        Podemos enseñar a nuestros hijos a esconderse en e Belén y hablar con esos personajes.... También, por vía afectiva, que es como mejor lo entienden. Enseñarles a querer al Niño, a ser sus amigos, a pedirle cosas, a darle las gracias, a echarle piropos, a cantarle... 

                  Por otro lado, allí tenemos hecho realidad, hecho hombre, al mismo Dios. Toda la grandeza, hecha algo pequeño, y toda la belleza que nos podamos imaginar, todo el esplendor de la verdad y todo el bien. 

             Nos puede servir de modelo. O de espejo. Para mejorar como personas, para intentar parecernos a El, para aprender a amar, a ser buenos esposos y procurar ser unos modelos adecuados para nuestros hijos. También para pedirle ayuda. Y a su Madre. Y a su padre, San José. 







                    También, es el título de un libro: “El belén que puso Dios”,  de Enrique Monasterio. Precioso. Comienza con el Big-bang...



                    Y disfrutar de la alegría inmensa de estar todos juntos en familia, en estos días entrañables.

                      Os deseamos con todo cariño… ¡¡FELIZ NAVIDAD!! 



Aquí os dejo un Niño con historia...










                                                                                 Mª José Calvo
                                                                                 optimistas educando




miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL PODER DEL PERDÓN: DESCUBRIR A LOS DEMÁS EN SUS MEJORES ACTUACIONES.


        
      
         DESCUBRIR A LOS DEMÁS... ¡EN SUS MEJORES ACTUACIONES!



             Cuando las personas sufren, sobre todo en la infancia, se forjan unas capas protectoras para no volver a sufrir y tener mayor seguridad. Prefieren no poner el corazón en otras personas, para no sufrir. Pero de esta manera es como si se atasen al pasado, como si no pudieran liberarse de esas acciones y sus consecuencias. 

             Y de esa forma no se puede vivir feliz. Hay que procurar liberarse del sufrimiento. Tenemos el poder de perdonar, y de imaginarlo de otra forma, poniendo un punto y final a esas acciones. De esta manera, liberamos al otro de su culpa, y de las consecuencias de sus acciones, y nos liberamos a nosotros mismos de esas ataduras, de esos malentendidos, de esas heridas que nos han causado, de ese sufrimiento…

              Así, a la luz del cariño que nos brindan los demás, podemos perdonar y sanar las heridas. Podemos dejarnos querer, podemos poner el corazón en las personas que valen la pena, en las que tenemos cerca, aunque a veces nos hagan sufrir. Merece la pena el esfuerzo. De esta forma damos un paso, y vamos madurando.

              Es lo que le sucede a la “Señorita Travers", en el film de Disney, “Al encuentro de Mr. Banks”. Ella es la protagonista de la historia. 

             Comienza en el pasado, con la vida de familia junto a sus padres. Viven en Australia. Ella tiene una relación especial con su padre, porque es creativo, le transmite ilusión, fantasía, imaginación… Entre ellos hay una empatía, que les hace compartir un mundo fantástico. Ella quiere ser como su padre. Pero estaba algo enfermo…




            Luego pasa al momento actual, en Los Angeles, en el que Walt Disney intenta conseguir los derechos de autor, para adaptar al cine el libro de P. L. Travers.






             Lleva persiguiéndola 20 años, tras una promesa hecha a sus hijas. Pero todavía le va a costar… Ella se muestra inflexible y poco receptiva para ceder su obra. Son "su familia", y está atada a ello. Resulta un poco huraña, antipática, y pone miles de condiciones para acceder a su obra. Unas más razonables, y otras muy absurdas aparentemente.




             En su estancia en Los Angeles, le acerca a las instalaciones de Disney un chofer, por encargo del “Señor Disney”, como le llama ella. Con él entabla una incipiente relación de amistad, y le enseña a ver lo positivo de la vida: el sol, los paseos, el pensar en los demás… Le cuenta que tiene una hija minusválida…




            Comienzan los ensayos con el guionista y los hermanos Sherman, que ponen la música y letra. Aunque ella es la que quiere dictar el guión, y no le gusta en absoluto que sea un musical... Intentan adaptar su historia de Mary Poppins. Parece que ella accede con unas condiciones innumerables. No le gusta el rojo, no quiere ver peras, no soporta los dibujos de animación…





          Parece que va bien la cosa hasta que se percata que los pingüinos son dibujos, y siguiendo su línea, se enfada. Llama tramposo y embaucador al Señor Disney, y corta con ellos. 

       Se va a su casa en Inglaterra, confirmando que era inapropiado y estúpido, pensar que la podrían satisfacer. Que podría resultar. 

            Se despide de su chofer. Le dice que es el único estadounidense que le ha caído bien. Le da una notita sobre algunas personas con dificultades que han logrado tener éxito en la vida, a pesar de ellas. Le dice: “tu hija podrá hacer todo lo que hagan los demás...” Vemos que ya va pensando algo más en los otros, no solo en ella misma.





           Llega a su casa en Inglaterra. Pero ¡oh! sorpresa, que el Señor Disney toma otro avión, y se presenta allí. Le pide un te inglés, y habla con ella para hacerla pensar. “Todos tenemos algún recuerdo que nos duele…”







          Le cuenta aspectos algo negativos de su infancia. Del trabajo que tuvo que hacer para su padre siendo niño, repartiendo periódicos… Y que estaba cansado de verlo de esa forma. 

          Le interpela diciendo: “¿No está usted cansada también de verlo así, Srta. Travers?”


         Tiene que liberar esos miedos, odios, culpas… “La vida es demasiado corta como para no perdonar…” Hay que poner el énfasis en lo bueno. Le enseña a ver lo mejor de los demás, y a pasar por alto pequeños defectos que el sufrimiento agranda.





        Es preciso conocer a los demás en sus mejores actuaciones. Quedarnos con lo mejor de ellos. Ver sus cualidades únicas resplandeciendo, y sus talentos al servicio de los demás, para poder tener una actitud de esperanza, de optimismo, de agradecimiento. Y perdonar lo que sea preciso. Todos somos más vulnerables de lo que puede parecer…, y necesitamos más cariño de lo que muchas veces podemos merecer.

         La Srta. Travers exclama: “¡No tengo que perdonar a mi padre!, ¡era una persona maravillosa!” Pero Walt le contesta que a quien tiene que perdonar es a Helen Goff, ¡a ella misma! Porque su tía fue para ayudar a su padre, no a los niños… 



      El perdón permite poner un punto y final a esas acciones menos honorables, y a sus consecuencias. Nos libera de las ataduras del pasado, y liberamos al otro de ellas. Permitimos un nuevo comienzo, y esperamos lo mejor del otro, le creemos capaz de algo grande, miramos lo bueno…




         Walt le explica que los narradores de historias tienen el poder de cambiar la historia. Aunque no siempre en la vida real, si en la imaginación. “Podemos contarlas de la mejor forma para infundir esperanza, una y otra vez... a las nuevas generaciones, no solo a los niños.”

             Con la imaginación podemos remodelar las historias, perdonar, permitir un nuevo comienzo. Para así alegrar a los demás, para animarles, para insuflar optimismo y esperanza.

             Quedarnos con lo mejor que hicieron, porque de esa forma es como mejor se los conoce. 

             Lo bueno requiere poner inteligencia, imaginación, intención, esfuerzo, lucha…, y deja nuestra huella. Lo que no es correcto sale solo con dejarnos llevar… 



               Al final de la conversación, o más bien del monólogo, Walt le sugiere: “Déjeme a su Mary Poppins, y no le defraudaré! Verá cómo se convierte en algo maravilloso, espectacular… "Mr. Banks será honrado, será redimido, y todo lo que representa se salvará. Cada persona que entre en un cine querrá a Mr. Banks y a sus hijos. Y cuando pierda el empleo, se retorcerá las manos… Pero cuando vuele la cometa…, oh! cuando vuele la cometa… ¡disfrutará y cantará! Y le dedica una gran sonrisa…



             La ventaja de ver lo mejor de los demás, y de tratarles mejor de lo que son, es que les estimulamos a ser mejores, a cultivar su mejor personalidad, a mejorar.



            Llega el día del estreno, después de trabajar mucho tiempo. Ella decide ir a pesar de que no la han invitado… Su chofer intuye que estará, y va a prestarle su servicio y a saludarla. Ella se alegra mucho: reconoce un amigo, ve cariño. 

           Luego se queda sola y parece que se queda algo paralizada, pero aparece el ratón Mikey para llevarla de la mano. Los hermanos Sherman, que tantas veces la han animado con sus canciones, se sientan a ambos lados de ella. Detrás está Walt y su esposa, con sus muchas atenciones. Y es el que la tranquiliza en un momento del estreno en el que está muy impresionada, muy emocionada… al ver la grandiosidad de su historia, el nuevo toque que le han dado, y el cariño que han puesto al llevarla a la gran pantalla...



              Con el tiempo aprende a dejarse querer por todos. Ha contactado con las personas adecuadas que le han escuchado, comprendido, conocido, querido…, a pesar de los pesares, desde un ensayo en el que les dijo muy afectada: ¡Mr. Banks no es cruel!, ¡no, no lo hagan...! Y rápidamente la comprendieron, y cambiaron unas escenas.



                Además, la conversación con Walt le hace reflexionar. Le hace liberarse del pasado, del sufrimiento, del miedo, perdonando. Le hace dar un paso en la vida, y le permite madurar.

               A la luz del cariño, se deja querer y se derriten todas esas capas  protectoras que se había forjado, como si fueran de cera. Mejora, madura, se vuelve más amable, más confiada, más alegre, más optimista, más generosa, menos egocéntrica, menos maníaca, menos cascarrabias…



             En el fondo es lo que nos pasa a todos cuando nos sentimos queridos. Más en  familia, donde el amor es lo que da vida y nos hace mejorar. Es como el “horno” donde se cuece la mejor personalidad de cada uno, su mejor actualización, su mejor versión. 


           Como escribió  Goethe, si tratas a una persona como es, seguirá siendo así; trátalo como debería ser, y cambiará. Todos necesitamos que crean en nosotros, que nos traten de esa forma… ¡que nos permitan dar lo mejor que somos y llevamos!

      Espero que les haya gustado el post, y lo pueden compartir con amigos.






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                                                                                Mª José Calvo
                                                                   optimistaseducando.blogspot.com






martes, 25 de noviembre de 2014

EL SECRETO DE LA EDUCACIÓN...

                               

                                

                     EL SECRETO DE LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS.


                Ya vemos que educar es ayudar a crecer a nuestros hijos, en un ambiente de cariño, de confianza, para darles alas, para que se puedan realizar y crecer como personas. Es decir, valorando la libertad personal, puesto que es uno de los mayores dones que hemos recibido. Pero esa libertad que nos da alas debe ser una libertad responsable

          Es necesario que desde bien pequeños les enseñemos que toda acción lleva sus consecuencias. Y hay que pensar antes de actuar sin más: pensar en las repercusiones de nuestras acciones. Además, podemos pensar poniendo el corazón en ello, pensando en los demás. Así tenemos una “amorosa libertad responsable”, como le gusta repetir al profesor Oliveros F. Otero.


               Para ayudarles a crecer, debemos pensar cuál es el bien objetivo que queremos alcanzar, y saber transmitirlo en la familia. Por ejemplo, qué tipo de personas queremos que sean nuestros hijos o, nosotros mismos, para luchar en ello. Ver dónde ponemos el norte, hacia donde nos encaminamos… para intentar vivirlo coherentemente.

           Porque no todas las estrellas que lucen son nuestra meta. Algunas brillan mucho, pero se desvanecen pronto porque carecen de fundamento. 


              Ver qué valores son importantes para basar en ellos nuestra vida, que no pasen de moda, y que no cambien con las circunstancias. Ya vimos que hay valores relacionados con ese trinomio que nos puede orientar la Verdad-el Bien-la Belleza, que nos pueden ayudar. 

             Porque cada uno de ellos es parte de los otros dos, y se arrastran entre sí. La verdad es una especificación del bien; el bien es una razón de la verdad; y la belleza aparece con la verdad y con el bien, porque nos deslumbran a través de ella. Por eso Platón decía que educar es enseñar a amar la belleza… 




               Tenemos una guía, un norte que nos oriente en la vida. Ahora miramos a la persona, a cada hijo, que debemos ayudar a ser su mejor "versión". Para ello tenemos como dos "vertientes" en las que trabajar. 


                 La primera es su intimidad. Ayudarles a ser ellos mismos, a ser su mejor "yo", a cultivar su intimidad, a desarrollarse, a fijarnos en sus cualidades positivas para acrecentarlas... Y todo en un ambiente de libertad. 


            La segunda vertiente es la relación con los demás. Ayudarles a relacionarse, puesto que una persona es un “ser de aportaciones”: se realiza dando, y sobre todo, dando amor. Por eso, una misión insustituible de los padres es enseñarles a querer de verdad, sin sucedáneos. Apuntar alto para movilizar energías. 






               Cada persona, para crecer, necesita varios factores: primero la confianza. Sin ella no puede intentar ser ella misma, no puede dar lo mejor que encierra en su interior. 

                El segundo la libertad. Si no se siente libre no puede volar. Claro que el primer día no le vamos a soltar donde se puede hacer daño si cae. Es un proceso gradual de libertad, cuando se va responsabilizando.   


                Para ello vamos dando pequeños encargos, gestiones, y vamos confiando más en ellos, para seguir dando otras responsabilidades mayores según cada edad.




               Es decir, a mayor confianza mayor responsabilidad por parte de ellos, porque de alguna forma, estimulamos su comportamiento responsable, cuando los creemos capaces de algo grande. Y a mayor responsabilidad, mayor libertad. Para que pueda apostar por grandes ideales y metas. Siempre esperar lo mejor de ellos, animarles a que vuelen alto...



                 Y el tercer factor imprescindible para crecer y madurar es el amor de los padres. Ya vimos que la confianza y el cariño son como “el horno” donde se cuece su mejor personalidad. Porque le permitimos realizarse, porque le damos nuestro "calor" del bueno, y ese amor les permite lograr lo mejor de ellos mismos.





           Si enlazamos tenemos una libertad responsable, que nos sirve para aprender a querer, para poner el corazón en lo que vale la pena. 

                Y ¿cómo vamos a plasmar esto? Pues fundamentalmente con nuestro ejemplo. Con la huella que vamos dejando con nuestro actuar: somos sus modelos continuamente.



                 Porque, el amor de los padres, es como una hoguera que da su cariño, su calor, y su luz, a todo el que se acerca a ella, en especial en la familia. Es un desbordarse eficaz de cariño hacia los hijos.



                 Por eso, el secreto de la educación no es tanto las miles de ideas que podamos tener, los encargos, los planes de acción, enseñarles a estudiar, ayudarles a esforzarse, a tener voluntad, que tengan actividades… aunque son necesarios, sino, más bien, la actitud de los padres: que nos queramos de veras, y que ese amor se derrame y trascienda más allá de nosotros, de forma eficaz, hacia los hijos. Luchar por conseguir en pareja un amor verdadero, un amor bueno y un amor hermoso. 

                 E incluir en él a los hijos, acogerles, y no provocarles una vida fría e independiente por nuestro actuar, o por no atenderles de la forma adecuada en cada momento.



                Por tanto, el secreto de la educación está en una armonía sincera, optimista, y alegre, de los padres, por el amor que se tienen. Y es lo que transmite belleza y calor a la familia

                   Es como decirles: ¡vale la pena esforzarse por esto! ¡Es una aventura maravillosa!








                Esta armonía está anclada en un amor de la mejor textura: un amor desinteresado, un amor incondicional al otro. Porque pensamos primero en el otro, y es un dar con alegría. No tanto un esperar continuo, un recibir egoísta. Ya decía Aristóteles que querer a alguien es procurar su bien.


             Pero esto requiere una lucha constante en elevar la calidad de nuestro amor, mejorar cada día un poco, subir cada día un escalón. Concretar los detalles hacia el otro cada mañana…, pensar en él o en ella con frecuencia… 

             Y procurar que los pensamientos y sentimientos negativos no ahoguen los positivos. También con sentido del humor ante las dificultades.




                 Consiste en soñar, en apuntar alto, en tener grandes ideales, en agradecer lo que sale bien, y en pedir perdón cuando hemos fallado, para volver a empezar. Y así poder dejar clara una senda por donde nuestros hijos podrán caminar: dejar claras las huellas de nuestro caminar, para que tengan un referente nítido en su vida. Marcamos la “senda de los exploradores”, porque nos están mirando todo el día y siempre nos imitan, aunque no nos demos cuenta...


                  Si queremos hacer felices a nuestros hijos, tenemos que introducirlos en nuestro amor, hacerlos partícipes de él, que se desborde ese cariño hacia ellos, y participen de él. Es la riqueza y la belleza de la familia.





                  Por eso, cuando tengamos puntos de vista distintos, o no estemos de acuerdo, y estén ellos delante, una palabra, una contraseña, y luego hablamos de ello, o nos peleamos si hace falta, pero sin que nos vean o nos oigan… 
                Para no hacerles sufrir, para no quitarles esa seguridad de nuestro cariño. Para que sepan que estamos unidos por el cariño a pesar de las diferencias. Si nos ven divididos sufren lo indecible, y pierden la confianza en lo que se les dice. Además se hacen inseguros.



                  Cuando son adolescentes, nace su intimidad, e intentan llamar la atención. Nos dicen “aquí estoy yo”, con conductas de mayor reclamo si no estamos pendientes, si no se sienten valorados y queridos. Nos gritan con sus piercings, con sus modos de vestir, con la música estridente…, con su indiferencia, o agresividad a veces...

          Entonces necesitan un cariño de mayor calidad, un amor desinteresado, donde solo cuenten ellos, y no esos detalles que no nos gustan, esa notas, ese desorden…  Donde les queramos por quienes son, no por lo que hacen. Quieren que les prestemos atención, aunque no les comprendamos al principio. 





              Cuando se sienten queridos y valorados, con el tiempo, mejoran.


                  Hay que confiar en ellos, ver más allá de su conducta actual, para estimularles a sacar lo mejor que llevan dentro. 




                 También hay que enseñarles lo que es el amor verdadero, desde pequeños, de forma gradual, porque tienen una imagen deformada con lo que puedan ver en películas, internet… Y también con nuestro ejemplo, aunque no seamos perfectos, que vean que luchamos por mejorar.    


                   Porque, al final, es el amor de los padres lo que ejerce una poderosa atracción sobre los hijos; lo que les atraerá es ese cariño, ese volcarse con ellos, y evitará que sucumban ante el tirón de la padilla, cuando proponen actuaciones absurdas, o que les empeoren como personas. O ante la movida nocturna, el botellón… y otras conductas poco deseables. 

                   Necesitan de nuestra "autoridad prestigio", que más que un mandar es un estar ahí, de una forma determinada, con integridad, con coherencia, con tono humano. Que contagiemos luz y alegría. 

                Y con sentido del humor ante situaciones tensas, cansancios, limitaciones, nerviosismos, fallos… Es lo que verán cuando "otras luces" se apaguen… Y, aumentando la categoría de nuestro amor por ellos, atendiendo sus demandas razonables, leyendo en su mirada, considerándoles importantes..., apoyándonos en ellos.





                   Por eso, podemos vislumbrar cuál es el único derecho de nuestros hijos: a tener un hogar atractivo, donde los padres nos amemos de veras, sin sucedáneos. Dando lo mejor de cada uno, y esperando lo mejor del otro, pero sin exigirlo. Teniendo en cuenta la gratuidad del amor, y creando el clima apropiado para que el otro se sienta querido, valorado, y admirado. Y, de esta forma, crecer juntos en el amor, y madurar juntos, sin pretender que el otro sea perfecto...



                   Porque los hijos, para ser felices, necesitan ver a sus padres felices, unidos, queriéndose con un amor de calidad. Y eso implica siempre pensar primero en el otro, liberarnos de nuestras propias "ataduras" que nos alejan del otro, y consiguientemente de la felicidad.  

                      Porque, para ser felices, lo primero que se necesita un corazón enamorado donde quepan todos...

                  Y para esto hay que pasar por alto, o por debajo, o por un lado, de pequeñas incomprensibles, pequeñas manías, algunos fallos o defectos del otro, que antes nos hacían gracia y con el tiempo, puede que no soportemos.


                   Tener en cuenta que solo el amor une, y solo el amor sana las posibles heridas. 


              Escribe Ugo Borghello en uno de sus libros: “Al traer un hijo al mundo, se contrae el deber de hacerlo feliz. Y ¿qué necesita para ser feliz? Ver que sus padres se quieren. Y ese amor se desborda hacia los hijos”





                   Por tanto, es el único derecho de los hijos: al cariño nuestro, al tiempo para ellos, a nuestro interés, a la dedicación, al consejo oportuno, a nuestras ideas, al ánimo… Y no intentar suplir esa falta de amor con regalos caros, ropa de marca, caprichos inmerecidos, con una paga desmedida, o salidas nocturnas para que nos dejen tranquilos. 

                  Hay que poner unos límites razonables que les den seguridad, aunque protesten. No fomentar el libertinaje ni las tiranías. Saber exigir para provocar su maduración, con exigencia comprensiva: firmes en los objetivos, y flexibles en los modos. 



            Dejo una escena entrañable, con sentido del humor, en el film "Los tuyos, los míos y los nuestros"...






                   Porque lo único que realmente necesitan es nuestra unidad, y nuestro cariño, para formar parte de él. O nuestro pedir perdón si fallamos y lo ven... Es lo que marcará un huella indeleble en su alma, y aprenderán a querer de la mejor forma posibleY serán felices, y nosotros también, a pesar del esfuerzo, sin morir en el intento. ¡Vale la pena!




                        Aquí dejo un corte de la película... 




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Espero que les haya gustado el post, y que lo compartan con amigos...



                                                                                                                                                                                              Mª José Calvo
                                                            optimistaseducando.blogspot.com